|
LOS DIEZ MANDAMIENTOS FUERON CLAVADOS EN LA CRUZ
“anulando el
acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria,
quitándola de en medio y clavándola en la cruz.” (Colo. 2:14).
Muchos dicen que este versículo nos enseña que ya no hay que guardar la Ley
de Dios, Los Diez Mandamientos. Que el Espíritu Santo ahora es el que nos
dice lo que tenemos que hacer y guardar. Cristo vivió una vida santa y
cumplió por nosotros toda la ley y después con su muerte la clavó en la
cruz.
Pero una vez más reiteramos que
debemos ir a la Biblia con un corazón abierto y deseoso de ser enseñados.
Comprendiendo que la Biblia es la Palabra Inspirada de Dios y no nosotros;
la Biblia es la Máxima Autoridad y no nosotros; debemos de creer en Dios y
su Palabra antes que a los hombres.
Si
estudiamos la Biblia superficialmente no comprenderemos muchas de sus
verdades, porque la estudiamos “por encima”.Por eso creemos cuando alguien,
ya sea el pastor, el amigo o el familiar nos dice: “¿lo ves? Si ahí dice
clarito que la ley fue clavada en la cruz”. Y así lo creemos y lo enseñamos
a otros, sin profundizar ni estudiar a fondo todo lo que la Biblia tiene que
decir sobre este tema. Analicemos este versículo más a fondo.
Cuando leemos despacio
todo el capitulo del libro de Colosenses notamos que es evidente que en el
capitulo 2, Pablo dirige sus advertencias en contra de falsos maestros que
han intentado extraviar a los colosenses.
No hay registro alguno de las
enseñanzas de quienes perturbaban la paz de la iglesia. Las referencias a
“tradiciones” (2:8), a “filosofías” (2:8), a “plenitud” (2:9), a “los
principados y las potestades” (2:15), a “comida” y “bebida” (2:16), junto
con conceptos tales como la observancia de días especiales (2:16), la
adoración de ángeles (2:18) y el ascetismo (2:21), sugieren doctrinas que
bien podrían calzar dentro del judaísmo, del gnosticismo y de alguna secta
pagana.
Lo que claramente
puede deducirse del contenido de la epístola es que las enseñanzas a las
cuales Pablo se oponía aumentaban la importancia del ritualismo, quitándole
así a Cristo el lugar principal que le correspondía.
El tema de Colosenses es la auténtica libertad del cristiano, quien no
necesita cumplir con ceremonias y rituales a fin de obtener la salvación ni
la aceptación ante Cristo, pues el Señor Jesús ha triunfado y ha borrado el
pagaré.
El acta de los
decretos.
La nota de cargo (como lo traduce la
Biblia de Jerusalén), la palabra griega para “acta” es jeirógrafon
y se emplea en los papiros para designar el documento firmado, por el cual
una persona se compromete a pagar o a hacer algo. Este certificado de deuda
o pagaré es el instrumento legal que establece obligación o culpa; en él se
detallan todas las exigencias, las multas, las demandas, a las cuales está
obligado el que lo firma. En el judaísmo rabinico, se representaba la
relación entre el hombre y Dios como la relación entre el deudor y el
acreedor.
Cuando el hombre pecaba, se
constituía en deudor; cuando se arrepentía y Dios lo perdonaba, la deuda era
borrada. Hasta hoy en las oraciones de año nuevo los judíos ruegan: “Por
causa de tu gran misericordia, borra todos los documentos que nos son
contrarios”.
En una obra apócrifa del primer
siglo. Se denomina jeirógrafon al libro donde el ángel
registra las faltas del fiel (Kittel, Theological Dictionary of the New
Testament, t. 9, pp. 435-436).
Así la idea judía y la palabra
griega parecen unirse para expresar un concepto cristiano: con la muerte de
Jesús en la cruz fue cancelada la deuda del hombre. Lo que Cristo clavó en
la cruz mediante su muerte fue el pagaré: el registro de la deuda, la
condenación del hombre. Cuando el pecado entró a este mundo, Dios instituyó
un sistema ceremonial de sacrificios cruentos para enseñar a los seres
humanos cuál era el precio de la trasgresión.
Cada vez que se degollaba un
cordero, los que participaban en la ceremonia recordaban su deuda para con
Dios, pensando en la muerte, no sólo del animal, sino del Redentor al cual
representaba. En este sentido, el sistema ceremonial era un “pagaré”, una
evidencia de la deuda de los habitantes de la tierra, un indicio de la
magnitud de su condenación. Cuando en la cruz el pagaré fue borrado, el
sistema ceremonial, que por milenios había sido evidencia de la culpa de los
seres humanos, quedó invalidado para siempre.
Los que señalan que la ley fue
clavada en la cruz harían bien en notar que en toda la Epístola a los
Colosenses no se habla para nada de ley. Por otra parte es difícil aceptar
que Pablo, quien sostenía la santidad de la ley “De manera que la ley a
la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro. 7:12), y
su inmutabilidad: “¿Luego por la fe invalidamos
la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.” (Ro. 3:31),
aquí la hiciera invalidar. Par evitar esta anomalía,
se ha afirmado que lo que se clavó fue la ley ceremonial, la que regía los
sacrificios e incluía la circuncisión.
En cuanto a esto cabe señalar que Pablo no parece hacer una clara distinción
entre la ley moral y la ley ceremonial.
Igualar la palabra griega
jeirógrafon con la ley moral, como algunos lo han intentado,
no tiene base lingüística ni teológica. En este pasaje no se habla de los
Diez Mandamientos. El jeirógrafon es un pagaré, una nota de
débito.
La ley moral señala el pecado (Rom.
3:20; 7:7), pero también es una representación del carácter “santo,
justo y bueno” de quien la promulgó (Rom. 7:12).
Jesús afirmó que no podría cambiarse “ni una jota ni una tilde” de la ley (Mat.
5: 17-18).
Pablo afirmó que su evangelio no invalidaba la ley, sino confirmarla (Rom.
3: 31).
Los credos históricos, tanto protestantes como católicos, señalan al unísono
la inmutabilidad de la ley.
El acta de los decretos
que había contra nosotros.
El acta que nos era contraria.
Algunos han entendido que se refiere al pagaré escrito contra todos, tanto
judíos como gentiles. Otros, que se refiere al sistema legal judío. Ahora,
¿Cómo este sistema era contrario para todos, tanto para judíos como
gentiles?
“Ahora, pues, ¿Por qué tentáis a
Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros
padres ni nosotros hemos podido llevar?” (Hech. 15:10).
Pedro está hablando aquí de tentar a
Dios pidiendo señales, cuando El había ya manifestado su voluntad aceptando
a los gentiles.
Los judíos habían tentado a Dios en
el desierto (Heb. 3:9) cuando, a pesar de las maravillas que había
hecho en su favor, murmuraron contra los dirigentes que El les había dado.
Habían tentado a Cristo (1 Cor. 10:9), y su desobediencia les había
traído el castigo de las serpientes venenosas. Ananías y Safira habían
tentado al Espíritu de Dios cuando intentaron engañar a la iglesia con sus
ofrendas (Hech. 5:9). Pedro advirtió a sus oyentes que no tentaran
otra vez a Dios en este asunto de la admisión de los gentiles en la iglesia.
El yugo al cual se refiere Pedro es la ley ceremonial, mas sus elaboraciones
tradicionales, por medio de las cuales los judíos se esforzaban por ganar la
salvación.
Pedro no podría haber pronunciado
palabras mas duras que éstas, palabras que recordaban lo que Jesús había
dicho acerca de las tradiciones de los fariseos: “cargas pesadas y difíciles
de llevar” (Mat. 23:4), en contraste con su yugo y su carga: “fácil”
y “ligera” (Cap. 11:30). Todo esto era una anticipación de la
advertencia de Pablo a los gálatas de que no se dejaran sujetar de nuevo por
“el yugo de esclavitud” (Gal. 5:1).
Dios no había tenido
originalmente la intención de que los requisitos de la ley de Moisés fueran
pesados. Se convirtieron en un yugo insoportable porque los judíos perdieron
de vista su verdadero significado y los transformaron en una rutina
ceremonial por medio de la cual intentaban ganar la salvación. Además, los
rabinos habían procurado levantar una pared alrededor de la ley para
defender sus preceptos, añadiendo sus exigencias para impedir que pudieran
quebrantarse los mandamientos.
Como resultado de esto, la observancia ceremonial judía se había convertido
en una carga opresiva.
Quitándola de en
medio y clavándola en la cruz.
Lo que se eliminó fue el “acta”, el
pagaré, lo que era contrario, la deuda, lo que condenaba. La cruz marca la
transición de un sistema (el judío) al otro (el cristiano). Esta misma idea
se expresa en Efe. 2:16-17:
“Y mediante la cruz reconciliar con
Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y
anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que
estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada
por un mismo Espíritu al Padre”
Pablo deja en claro en Colosenses 2 que la salvación no
se logra por una observancia rigurosa de ciertos días, ni por la obediencia
a reglamentos en cuanto a la forma de comer y beber, ni por adorar ángeles,
ni por participar en practicas “en conformidad a mandamientos y doctrinas de
hombres” (vers. 22).
Tenemos que lamentarnos por quienes
confían en que sus buenas obras les permitirán alcanzar la salvación,
esperando en vano ganarse el cielo por sus obra meritorias, en vez de
confiar, como debiera hacerlo todo pecador, en los méritos de un Salvador
crucificado, resucitado y exaltado. El reino de Dios no es comida ni bebida,
sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Rom. 14:17). Sólo en
Cristo, el Señor de la ley (Mar. 2:28), quien pagó nuestra deuda, con
todas sus exigencias, podemos tener paz, vida y salvación.
Jesús, el Creador, y
Sustentador de todo (Col. 1: 15, 17), es también quien triunfa sobre
los principados y potestades (Col. 2:15) y se constituye en Cabeza de
la iglesia (Col.2:19)
Este versículo nos habla de algo muy
diferente a la idea de lo que enseñan muchos de que la ley fue clavada en la
cruz. Si Pablo estuviera aquí enseñando eso no hubiera escrito:
“LA CIRCUNCISION NADA ES, Y LA
INCIRCUNCISION NADA ES, SINO EL GUARDAR LOS MANDAMIENTOS
DE DIOS” (1 COR. 7:19)
¡GLORIA
A DIOS!
|