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AUSENTES EN EL CUERPO, PRESENTES CON EL
SENOR
“Porque sabemos, que si la
casa terrestre de nuestra habitación se deshiciere, tenemos
de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en
los cielos.
Y por esto también gemimos, deseando ser
sobrevestidos de aquella nuestra habitación celestial;
puesto que en verdad habremos sido hallados vestidos, y no
desnudos. Porque así mismo los que estamos en este
tabernáculo, gemimos agravados; porque no quisiéramos ser
desnudados, sino sobrevestidos, para que lo mortal sea
absorbido por la vida.
Mas el que nos hizo para esto mismo, es
Dios; el cual nos ha dado la prenda del Espíritu. Así
que vivimos confiados siempre, y sabiendo, que entre tanto
que estamos en el cuerpo, peregrinamos ausentes del
Señor; porque por la fe andamos, no por vista.
Mas confiamos, y mas quisiéramos partir del
cuerpo, y estar presentes al Señor, por tanto
procuramos también, o ausentes, o presentes, serle
agradables, porque es menester que todos nosotros parezcamos
ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según
lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o
malo.” (2 Co. 5:1-10)
El
apóstol Pablo ha sido el escritor bíblico mas torcido, se
han tomado sus escritos fuera de contexto para tratar de
explicar y apoyar un sinnúmero de doctrinas que no tienen
fundamentos bíblicos. Las Escrituras son la palabra de
Dios; y Dios es un Dios de orden. No podemos construir
doctrinas bíblicas y enseñárselas a otros como si fueran
verdades divinas, apoyadas en algunos textos bíblicos
sacados fuera de contexto. No podemos jugar con la salvación
de ningún ser humano y enseñar lo que no está avalado por
toda la Santa Biblia.
“Toda escritura es inspirada
divinamente y útil para enseñar, para reargüir, para
corregir, para instruir en justicia, para que el hombre sea
perfecto, enteramente instruido para toda buena obra.” (2
Tim. 3:16-17)
Cuando Pablo escribió esto, las únicas
Escrituras que existían era el Antiguo Testamento.
Entonces, cualquier doctrina bíblica debe de estar apoyada
por toda la Bíblia, no una parte sino toda.
“Y tened por salud la
paciencia de nuestro Señor; como también nuestro amado
hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha
escrito también; casi en todas sus epístolas, hablando en
ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles
de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen
como también las otras Escrituras, para la perdición de si
mismos.” (2 Ped. 3: 15-16)
Es
interesante que el apóstol Pedro se refiera a los escritos
de Pablo como que había en sus tiempos personas que ya
estaban torciendo sus escritos.
Y no sólo los de Pablo, sino también las
otras Escrituras. ¿A qué Escrituras se refería el apóstol
Pedro? Es más interesante notar que cuando los
escritores del Nuevo Testamento se refieren a las
Escrituras, están hablando de lo que llamamos hoy el Antiguo
Testamento. Fijémonos que Pedro no le llama a los
escritos de Pablo Escrituras sino epístolas, o sea “cartas”.
Que el apóstol Pedro entendía que esas epístolas eran tan
inspiradas como las “otras Escrituras” se desprende de su
propia afirmación, ya que habla de las epístolas basadas en
la “sabiduría que le ha sido dada”. El punto en cuestión, es
que hay millones de personas que tuercen las Escrituras, a
los que el apóstol Pedro llama “indoctos e inconstantes”.
¿Quiénes son los indoctos aquí?
Aquellos que, o desconocían los escritos de Pablo, o
sencillamente eran ignorantes en cuanto a los asuntos
espirituales en general. Cuando la religión de Cristo se
posesiona del corazón, refina y cultiva su poseedor; pero
los que rechazan sus preceptos quedan a merced de las
tentaciones como las que presentan lo burladores y falsos
maestros.
¿Quiénes son los inconstantes?
Aquellos que no permanecen en la fe, que no escudriñan las
Escrituras para aprender de Dios, que son como veletas que
las lleva el viento, y se dejan arrastrar “por todo viento
de doctrinas”. Cada uno de nosotros somos responsables
de nuestra propia salvación, y debemos de estudiar nuestras Biblias por nosotros mismos. Debemos de enseñar y ser
ensenados; pero al enseñar o ser ensenados debemos de exigir
siempre y dar un “Escrito está”.
Todo texto bíblico tiene su
contexto, y para entender los textos de 2 Corintios;
necesitamos entender el contexto. Notemos:
El versículo 1 empieza con la palabra “porque”;
es una conjunción causal que establece una continuación del
tema entre los cap. 4 y 5. Pablo explica que la razón
de la esperanza presentada en el cap. 4 deriva de su certeza
acerca de la resurrección cuando Cristo venga por segunda
vez.
“Por tanto, no desmayamos; antes aunque este
nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior
empero se renueva de día en día. Porque lo que al presente
es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un
sobremanera alto y eterno peso de gloria; no mirando
nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven;
porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no
se ven son eternas.” (2 Co. 4:16-18).
El
apóstol Pablo nos presenta 5 constaste en estos versículos:
1.
Hombre exterior.
Es decir, el cuerpo, la parte visible
del hombre que decae debido al desgaste de los años, la vida
presente.
2.
Hombre interior.
Significa la naturaleza espiritual y
regenerada del hombre, la cual es renovada diariamente por
el Espíritu de Dios (Ro. 7:22; Efe. 3:16; 4:24; Col.
3:9-10; 1 Ped. 3:4). El proceso de renovación avanza sin
cesar y mantiene al hombre unido con Dios. Pablo con
frecuencia se refiere a esa renovación (Ro. 12:2; Efe.
4:23; Tito 3:5). Un aspecto de la obra del Espíritu
Santo es la renovación del creyente, cuya vida espiritual,
energía, valor y fe se vigorizan continuamente. La
obra de renovación diaria del Espíritu en la vida es lo que
produce la restauración completa de la imagen de Dios en el
alma humana. De modo que aunque el hombre exterior envejezca
y decaiga con los años, el hombre interior continúa
creciendo en gracia mientras dure la vida. Pablo podía
considerar con tranquilidad las pruebas de la vida, el veloz
transcurrir del tiempo, el envejecimiento, el dolor y el
sufrimiento y aun la muerte. El Espíritu Santo le
proporcionaba al mismo tiempo la seguridad de la
inmortalidad, una dádiva que recibiría en el día de la
resurrección (2 Tim. 4:8)
3.
Momentáneo.
Lo momentáneo no es nada en comparación con
la eternidad. Con la perspectiva de la eternidad frente a
sí, bien puede el cristiano afrontar cualquier aflicción
momentánea. Pocos han sufrido tanto por Cristo como Pablo (cap.
11:23-30). La aflicción lo perseguía en todo momento por
dondequiera que iba. Sus aflicciones eran sin duda difíciles
de soportar. Pero cuando las comparaba con los goces de la
eternidad y la gloria del mas allá, no eran sino
“momentáneas”. (Ro. 8:18; Fil. 1:29, Heb. 2:9-10).
4.
Lo presente con lo futuro.
Pablo explica ahora cómo es
posible que veamos las aflicciones de esta vida en su
verdadera perspectiva y las cataloguemos como de
consecuencias sólo transitorias. La mirada del apóstol
estaba fija en las glorias del reino eterno.
5.
Cosas que se ven, cosas que
no se ven. Cualquier cosa que
capture nuestra atención determinará cómo enfrentaremos las
pruebas: si con esperanza y paciencia, o con disgusto y
amargura. Lo primero se alcanza contemplando las cosas
invisibles del mundo eterno (Fil. 4:8), las
realidades espirituales de Cristo; lo segundo es una directa
consecuencia de contemplar las cosas visibles y
transitorias, como las riquezas, los placeres y la fama. Si
fijamos la mente en el carácter y en la vida de Cristo,
llegaremos a ser semejantes a él. (Heb. 11:10, 26-27,
39-40; 1 Ped. 1:11)
En estos versículos el apóstol está
contrastando nuestra vida presente con la eterna, lo que se
ve ahora que es momentáneo, pasajero, con lo que no se ve
que es eterno.
Con esto en mente
vayamos ahora al capitulo 5.
Versículo 1: “Porque sabemos, que si la casa terrestre de
nuestra habitación se deshiciere, tenemos de Dios un
edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos”
Pablo compara nuestro cuerpo
humano con una carpa o tienda, y esta comparación era
natural para él que se ocupaba de fabricar carpas (Hech.
18:3).
Una tienda es sólo un
lugar transitorio para vivir, y puede ser desarmada y
transportada u otro lugar en cualquier momento. De acuerdo
con Juan 1:14, Cristo “puso su tienda” entre nosotros
cuando tomó cuerpo humano al hacerse hombre. Pedro compara
nuestro cuerpo humano con una tienda. (2 Ped. 1:13-14).
Leamos Job 4: 19
“¡Cuánto más en los que habitan en casas de lodo, cuyo
fundamento esta en el polvo, y que serán quebrantados de la
polilla!”
Pero Dios, continua
diciendo Pablo en el verso 1, le tiene una casa preparada en
el cielo para él. En esta vida hemos recibido un cuerpo con
una naturaleza corrompida por miles de años de pecado, pero
en la vida futura, Dios nos dará otro cuerpo, otro edificio,
no ya una carpa o tienda: “Nosotros le hemos oído decir:
Yo derribaré este templo que es hecho de mano, y en tres
días edificaré otro hecho sin mano.” (Mar. 14:58).
¿Quién creó el cuerpo
de Cristo cuando resucitó? ¡Dios!.
En la resurrección de
los muertos y la traslación de los vivos, Dios nos dará un
cuerpo hecho por él, no un cuerpo humano (hecho de manos),
sino un cuerpo celestial incorruptible.
Verso
2: “Y por eso también gemimos, deseando ser sobrevestidos de
aquella nuestra habitación celestial” ¿Por qué gime
Pablo?: “Porque sabemos que todas las criaturas gimen a
una, y a una están de parto hasta ahora. Y no sólo ellas,
mas también nosotros mismos, que tenemos las primicias del
Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros
mismos, esperando la adopción, es a saber, la redención de
nuestro cuerpo.” (Ro. 8:22-23).
Pablo gime porque
quiere la adopción, la redención de su cuerpo corruptible
hecho de manos, la carpa temporal de esta vida, el hombre
exterior que se desgasta. Ser sobrevestidos, Pablo combina
ahora la figura de una tienda o casa con la de un vestido.
Su confianza absoluta en la resurrección y en las promesas
de Dios hacen que la vida futura le parezca
incomparablemente preferible a la presente. Pablo se habría
sentido feliz de cambiar su cuerpo mortal por su cuerpo
inmortal futuro sin sufrir la muerte, la cual describe como
ser hallado “desnudo” en el versículo 3.
Verso
3: “Puesto que en verdad habremos sido hallados vestidos, y
no desnudos.”
Pablo quería ser
hallado vestido, o con el cuerpo terrenal, o con el
celestial e inmortal.
No quería encontrarse
“desnudo” sin la “morada terrestre” (vers. 1), ni la
“habitación celestial” (vers. 2). Pablo prefería si hubiera
sido posible, ser trasladado sin ver la muerte; quería
unirse con el grupo selecto de Enoc y Elías, quienes fueron
trasladados sin ver la muerte (Gén. 5:24; 2 Rey. 2:11).
Notemos que Pablo no
quiere el estado intermedio: “hallarse desnudo”, que es la
muerte; porque si ese estado intermedio (en el cual no
habría tenido un cuerpo ni terrenal ni celestial); le
hubiera ofrecido la perspectiva de estar en forma de
espíritu, sin cuerpo, disfrutando de la presencia de Dios,
Pablo no habría deseado evitarlo tan fervientemente (2 Co.
5:2-4). No hay lugar para creer o enseñar que el hombre
tiene un alma inmortal y que al morir está en un estado
consciente, de que se va directamente a la presencia de
Dios; es evidente que estas creencias son falsas porque el
mismo Pablo no quería morir.
Está bien claro en
estos versículos, porque si hubiese sido posible para Pablo
morir y estar inmediatamente disfrutando de la presencia de
Dios, ¿Por qué el apóstol habría deseado tan ardientemente
ser estorbado por otro cuerpo, aunque hubiera sido por un
cuerpo celestial? El apóstol Pablo no quería morir.
Verso
4: “Porque así mismo los que estamos en este tabernáculo,
gemimos agravados; porque no quisiéramos ser desnudados,
sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la
vida”
Pablo gime porque no
quiere ser desnudado, no quiere morir, quiere que su “cuerpo
mortal” sea “absorbido” por la “vida” eterna: “Esto
empero digo, hermanos: Que la carne y la sangre no pueden
heredar el reino de Dios; ni la corrupción hereda la
incorrupción” (1 Co. 15:50). Esto no quiere decir que en
el cielo y en la tierra nueva no tendremos un cuerpo sin
carne ni sangre, pues desde el principio Dios creó a Adán y
a Eva para vivir eternamente y ellos tenían carne y sangre.
El problema está con el pecado:
“Y entre tanto que
ellos hablaban estas cosas, él se puso en medio de ellos, y
les dijo: Paz a vosotros. Entonces ellos espantados y
asombrados, pensaban que veían espíritu. Mas él les dice:
¿Por qué estáis turbados, y suben pensamientos a vuestro
corazón? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy.
Palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos,
como veis que yo tengo.” (Luc. 24:36-39).
El problema no está en
la carne ni en la sangre ya que Jesús tiene un cuerpo
incorruptible
“Sabiendo que
Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no
muere; la muerte no se enseñoreará mas de él” (Ro. 6:9);
“Mas nuestra vivienda está en los cielos; de donde también
esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo; El cual
transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante
al cuerpo de su gloria, por la operación con la cual puede
también sujetar a sí todas las cosas” (Fil. 3:20-21).
Es nuestro cuerpo
mortal, nuestra carpa la que no hereda la incorrupción.
Leamos
otra vez 1 Co. 15: 50-54: “Esto empero digo, hermanos:
Que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios;
ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un
misterio: todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos
transformados. En un momento, en un abrir de ojo, a la final
trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos
serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos
transformados. Porque es menester que esto corruptible
sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de
inmortalidad.
Y cuando esto
corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal
fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuara
la palabra que esta escrita: Sorbida es la muerte con
victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh
sepulcro, tu victoria?”
Esto no ocurre en el momento de la muerte, sino cuando
Cristo venga en su segunda venida. Una vez mas el apóstol
Pablo compara la existencia, el cuerpo presente con un
vestido; y que cuando Cristo venga seremos vestidos de
inmortalidad e incorrupción. No habla de que nuestra alma
inmortal va a ser vestida, aquí el apóstol también describe
la muerte como un sueño, y que al venir el Señor, los
muertos serán levantados de sus sueños y serán vestidos de
inmortalidad e incorrupción.
Pero, podemos
preguntar; ¿Cuándo esperaba el apóstol Pablo que esto mortal
sea revestido de inmortalidad, y ser absorbido por la vida?
No cuando él muriera, sino cuando Cristo venga.
Verso
5: “Mas el que nos hizo para esto mismo, es Dios; el cual
nos ha dado la prenda del Espíritu.”
Dios nos hizo para eso,
para el cambio de la mortalidad a la inmortalidad. El
cristiano debe ser la persona más alegre en el mundo, pero
también la más descontenta con el mundo. Debe de anhelar las
realidades eternas, no las cosas transitorias de la tierra.
La mente carnal se satisface con lo que pueden ver los ojos;
la mente del cristiano, con las cosas que son invisibles (cap.
4:18). El intenso anhelo de justicia y del mundo eterno,
antes que por las insignificancias de este mundo, demuestra
conversión genuina y madurez cristiana. Es Dios mismo quien
nos prepara, nos hace para eso, a través de la obra del
Evangelio nos hace aptos para recibir la vida.
Pero, ¿Cómo sabemos
esto? Porque el mismo Dios nos ha dado de garantía “la
prenda del Espíritu”. Una prenda no es todo el vestido, es
parte del vestuario completo, y a través de su Santo
Espíritu, nos ha garantizado que al final nos dará el
vestido completo.
“En el
cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de
verdad, el Evangelio de vuestra salud. En el cual también
desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo
de la promesa, que es las arras de nuestra herencia, para la
redención de la posesión adquirida para la alabanza de su
gloria.” (Efe. 1:13-14)
“Y si el Espíritu de
aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros,
el que levantó a Cristo Jesús de los muertos, vivificará
también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora
en vosotros.” (Ro. 8:11).
Versos
6, 7 y 8: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo,
que entre tanto que estamos en el cuerpo, peregrinamos
ausentes del Señor; porque por fe andamos, no por vista. Mas
confiamos, y mas quisiéramos partir del cuerpo, y estar
presentes al Señor.”
Una lectura superficial
de estos versículos ha hecho muchos lleguen a la conclusión
de que con la muerte el alma del cristiano inmediatamente se
hace presente ante el “Señor”, y que Pablo daba la
bienvenida a la muerte deseando ardientemente estar con el
Señor (vers. 2); pero en los vers. 3 y 4 ha descrito la
muerte como un estado de desnudez. De serle posible espera
evitar ese estado intermedio, pero anhela intensamente estar
“revestido” de aquella habitación celestial. Pablo esperaba
ser trasladado sin ver la muerte. En otros pasajes (1 Co.
15:51-54; 1 Tes. 4:15-17; 2 Tim. 4:6-8, etc.)
Pablo afirma con
certeza que los hombres no son “revestidos” de inmortalidad
individualmente al morir, sino simultáneamente en la
resurrección de los justos.
Para afirmarlo de otra
manera; hemos leído en 2 Co. 5:2-4; que Pablo ya ha
declarado que la “vida” (evidentemente la vida inmortal), se
alcanza cuando uno es “revestido” con su “habitación
celestial” en la resurrección (vers. 4), no estando
“desnudo” o “desnudado” debido a la muerte. En el vers. 8
expresa el deseo de estar ausente “del cuerpo” y presente
“al Señor”, y es obvio que “estar ausentes del cuerpo” no
significa estar desencarnado (desnudo), pues en los vers.
2-4 ha afirmado claramente que no desea ese estado
intermedio y que lo evitaría de ser posible.
Por lo tanto, tener
“vida” (vers. 4) y estar presente “al Señor” (vers. 8)
requiere la posesión de “aquella habitación celestial” (vers.
2). Por estas razones un estudio cuidadoso de las
declaraciones de Pablo elimina clara y decisivamente
cualquier posibilidad de un estado consciente entre la
muerte y la resurrección en el que los seres humanos, como
espíritus descarnados (desnudos), estarán “presentes al
Señor”.
En la
Biblia se afirma que la muerte no es sino un sueño del cual
serán despertados los creyentes en la primera resurrección (Ju.
11:11-14, 25-26; 1 Co. 15:20, 51-54; 1 Tes. 4:14-17; 5:10).
Sólo entonces los fieles que estén vivos y los fieles
resucitados estarán con el Señor. Ninguno de esos grupos
precederá al otro. Lo enseña la Biblia.
Verso
9: “Por tanto procuramos también, o ausentes, o presentes,
serle agradables”
Entonces a la luz de lo
que hemos estudiado, “ausentes” del Señor, significa en esta
vida, “presentes” cuando Cristo venga, debemos de serle
agradables, vivir por fe.
La gran preocupación de
Pablo no era si continuaría viviendo o si pronto terminarían
sus labores terrenales. Su único interés era que, a pesar de
cualquier cosa que sucediera, su vida fuera tal que
recibiera la aprobación de Dios. (2 Tim. 4:6-8; Mat.
25:21; Luc. 19:17).
Verso
10: “Porque es menester que todos nosotros parezcamos ante
el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que
hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo.”
La conjunción “porque”
relaciona este versículo con lo anterior. El hecho de que
tendría que presentarse delante de Dios en el gran día del
juicio, era razón suficiente par que Pablo procurara con
tanto fervor ser considerado como “agradable” ante el Señor.
Cada uno de nosotros
seremos pagados según nuestra obra que hemos hecho en esta
vida, una vez mas el apóstol Pablo compara la vida presente
con el estar vestido.
Ahora nos dirige la
atención al gran día del juicio de Dios, donde Jesús es el
juez, y se sabrá por qué algunos heredaran la vida eterna,
“el edificio no hecho de mano, y por qué otros no.
Según el propio Pablo el juicio no se realiza cuando
morimos, no somos juzgados al morir, sino en el día que Dios
ha establecido: “Por cuanto ha establecido un día, en el
cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al
cual determinó; dando fe a todos con haberle levantado de
los muertos” (Hech. 17:31).
“Y también le dio
poder de hacer juicio, en cuanto es el Hijo del Hombre” (Ju.
5:27)
Exactamente como lo
expresa el versículo 10.
Entonces no nos vamos
al cielo o al infierno al morir, porque si así fuera el
juicio se realizaría cuando la persona muere y eso no es lo
que enseña la Biblia.
Tomar
estos versículos y torcerlos para apoyar la inmortalidad del
alma y el estado consciente de los muertos, es opacar las
grandes verdades que nos enseña Pablo aquí.
El nos dice que debemos
de cuidar nuestra “carpa”, nuestro tabernáculo terrenal,
nuestro hombre exterior porque es el templo del Espíritu
Santo.
Debemos de vivir
anhelando siempre a cada momento ser “agradables” al Señor.
Contemplando las cosas eternas y no las transitorias de
nuestra vida presente; estas y más son las verdaderas
enseñanzas que se desprenden de estos versículos.
Pablo nos lleva a la
doctrina de la resurrección y del juicio final; no a la
inmortalidad del alma. Debemos de prepararnos para ser
aprobados por Dios y vivir confiando en sus promesas porque
nos ha dado como garantías las “arras”, “prendas” de su
Espíritu.
¡Aleluya!
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