Hay tres situaciones con las que Jesucristo se encuentra cuando recibe
el llamamiento del Padre a proyectar el Reino de Dios:
-
La situación de una humanidad perdida y condenada a muerte por el
pecado.
-
La existencia de un ser denominado el Príncipe de este mundo, el
Maligno, Satanás o el Diablo.
-
El territorio donde domina Satanás, al que ha proyectado su
ideología y con la que los seres humanos han quedado atrapados
formando el Reino de este mundo.
Frente a esto tenemos al Mesías, a Jesucristo, que se identifica con el
Reino de Dios, y el propio Reino de Dios.
El mensaje central del Reino de Dios esta polarizado principalmente por
la idea que subyace en el significado del Reino de Dios que incluye un “misterio”,
y el espectáculo de inmensa miseria y necesidad que presenta la
humanidad.
Jesucristo presenta el Reino de Dios de diferentes maneras, cada una de
ellas enseñando características del Reino.
El sentido básico que la Biblia da al término Reino es el de Gobierno.
Es decir el Reino de Dios es el Gobierno de Dios que ofrece a los
hombres las bendiciones de ese Gobierno, y que se caracteriza por unos
principios ideológicos determinados que son justos e idóneos para el ser
humano. Hay cuatro aspectos en la predicación de Jesús que se relacionan
persistentemente con el Reino de Dios:
v
El Arrepentimiento.
v
La liberación del Pecado y de Satanás, con los corolarios de la
enfermedad, el sufrimiento y la muerte.
v
El llamamiento persistente a buscar el Reino de Dios y pertenecer a él.
v
Los contenidos morales, espirituales, doctrinales, que evidencian, en su
aceptación, formar parte del Reino de Dios, y que nos ayudan a
permanecer en él.
Por otra parte, Satanás ha influido en el mundo, tanto a nivel
individual como colectivo, hasta el punto de fijar una manera de pensar
determinada con unas actitudes, creando también su Reino, en este caso
el Reino de este mundo que entra en conflicto con el Reino de Dios.
Las características fundamentales de ese Reino son la auto-independencia
respecto a la Deidad; la indiferencia cuando o la negación de Dios; el
alejamiento respecto de Dios; unas formas y conductas especificas
contrarias al pensamiento divino; ausencia de doctrinas que ayuden a
permanecer en la salvación; ausencia de la necesidad de la salvación.
Jesús de Nazaret se encuentra frente a un mundo hostil a Dios que se ha
rebelado contra El, instigado por el Diablo (Gn. 3:1-6), introduciéndose
la tara del pecado (Mt. 1:21; Jn. 1:29; 8:21, 24, 34; cf. Ro. 5:12) que
separa al hombre de Dios y lo conduce a la muerte y condenación eterna (Lc.
13:3, 5; cf. Ro. 3:10-12, 23).
La devastación de la obra de Dios por parte de Satanás es de tal
dimensión, que aun cuando Dios no ha e4stado ausente, ya que el abandono
sería incompatible con una Providencia que ayuda a los pájaros y viste a
las flores, se ha desfigurado de tal modo, que aun a pesar de los lazos
que pueden unir a Dios con su creación es necesario que el Reino de Dios
se haga notorio.
La misión de Jesús mediante el Reino de Dios ha de consistir en
arrebatar a Satanás “su reino”, convencer a la humanidad del Reino de
Dios devolviendo la imagen correcta respecto de Dios, y salvar a la
humanidad del pecado que le ata al reino de este mundo.
¿Cómo?
-
Mediante la predicación contenida en el Reino de Dios.
Jesús ha reconocido en Satanás al originador del infortunio humano, se
trata del padre de la mentira, del engañador por excelencia, y de un
verdadero criminal (Jn. 8:44). Es el príncipe de este mundo, el que
gobierna (Jn. 12:31; 14:30; 16:11).
Se enfrenta a él al comienzo de su ministerio venciéndole (Mr. 12:29).
Aun a pesar del despliegue sin precedentes de demonios, Jesucristo los
expulsa con poder de aquellos humanos a donde han ido a anidar (Mt.
10:7, 8; cf. 15:22, 28), les reprende (Mr. 5:8). Ejerce completo poder
sobre ellos (Mt. 12:29) e incluso otorga ese poder a sus discípulos (Mt.
10:1; Mr. 3:15).
Todavía era preciso curar y hacer milagros para “atestiguar la presencia
de Dios y su providencia”, y un modo de hacerlo es la purificación
fragmentaria del mundo, operada por los milagros de Jesús.
Los milagros forman parte de un plan de destrucción de Satanás y su
mundo. De este modo Jesús ha penetrado en la casa de Satanás, lo ha
atado y lo ha inmovilizado, y de este modo saque su casa (Mr. 3:23-27).
Todavía no lo ha destruido definitivamente, pero estas victorias son
precursoras de ese final. De cualquier forma, aun cuando todavía Satanás
pueda manifestarse en el futuro (Jn. 14:30, “todavía viene”, cf. Lc.
22:31, 32) ha sido “inmovilizado de tal modo que ya no puede dominar la
situación de aquellos que pertenecen al Reino de Dios.
Jesucristo con su predicación y actuación viene a decir: los males que
existen aquí en esta tierra no tienen como causa a Dios sino al Mal
personificado en Satanás; pero este Mal no tiene poder para vencer; el
Maligno no tiene nada que hacer con aquellos que forman parte del Reino
de Dios. Y ese Reino ya está aquí, y lo atestiguo, no solo por mi
predicación sino porque ha empezado a quebrantarse el poder de Satanás.
¿Cómo?
Estos milagros que yo hago, es la manifestación real de lo que Dios
quiere pare el hombre en su contraposición al verdadero originador y
causante del sufrimiento humano que es Satanás.
-
El golpe mortal que se asesta a Satanás con el mensaje del Reino de
Dios y la entrega a los hombres de las bendiciones del Gobierno de
Dios.
Jesucristo, que se identifica con el Rey Mesías y que hace presente y
real con su persona y obra al Reino de Dios, había venido a salvar al
pueblo de sus pecados, a dispensar el perdón (Lc. 1:77), y es señalado
como el cordero que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29), y
como el Hijo del Hombre celestial que tiene potestad para perdonar
pecados.
Las parábolas del Reino presentan cómo es el carácter de Dios, de qué
calibre son el amor y la misericordia divina. De cómo su iniciativa y su
obra de la gracia hacen posible la liberación del pecado, y la salvación.
De cómo hay un enemigo que ha alterado el curso natural de las cosas
desfigurando el propósito divino, el Gobierno amoroso de Dios.
De cómo ha sido necesario el envío del Hijo, el heredero, para restaurar
la imagen del Padre y permitir así que la salvación pueda efectuarse. El
cómo habrá un juicio favorable a los creyentes, y condenatorio para
aquellos que por una “ignorancia maliciosa” hayan persistido en el reino
del mundo dirigido por el Enemigo rechazando el Reino de Dios dirigido
por el Mesías Rey Jesucristo.
A partir de ahora, a pesar de la afliccion que Satanas pueda producir en
el mundo (Jn. 16:33), a pesar de la naturaleza caída y corrupta (Ro.
7:7-24) que poseemos, aun cuando haya que guardarse del mal (Jn. 17:15),
podemos confiar en el poder de Dios (Jn.16:33).
Dios nos va a guardar del mal, y nos va a santificar (Jn. 17:17).
Mediante la Palabra de Reino de Dios (Jn. 8:31, 32) y el Espiritu Santo
(Jn. 14:16-18, 26; 15:26; 16:7-11, 13, 15)
Tendremos la autentica libertad y santidad.
Aquí, en la victoria sobre el pecado conseguida por Jesucristo,
proyectada y aplicada a los que quieren ser súbditos de su Reino (Ro.
8:1-17), se evidencia no solo el triunfo actual sobre Satanas, sino
además la seguridad de la victoria definitiva sobre los últimos enemigos
al final de los tiempos (1 Co. 15:53-58; Ro. 16:20; He. 2:14).
-
La presencia del Reino de Dios resuelve el problema de la muerte y
la existencia del hombre, a través de la obra y predicación del
Reino en Jesucristo.
La muerte y lo que la produce el pecado, ha sido vencido, por Cristo
Jesus, como garantía de la victoria concluyente que al final de los
tiempos acontecerá a todos los hombres.
El mensaje del Reino nos transmite que aunque la muerte se muestra
todavía orgullosa, y es llamada por Pablo el último enemigo que ha de
ser vencido (1 Co. 15:26), Jesucrito la venció triunfando sobre el
pecado y resucitando, siendo la garantía de la victoria definitiva que
sobre ésta se obtendrá cuando El venga.
La eficacia de la muerte está limitada por nuestra propia fe en el valor
de la obra de Cristo, y en el poder de sus palabras. La fe adquirida
como fruto de su victoria sobre la muerte nos da seguridad respecto a su
promesa de resurrección. Nuestra fe acorta la distancia entre la
victoria de Cristo y el tiempo final establecido para la resurrección.
De tal modo se abrevia que podemos vivir ya ahora ese momento culminante
y pleno de la derrota del enemigo.
-
La necesidad urgente del arrepentimiento con un cambio radical de
mentalidad y de conversión con una orientación moral totalmente
nueva.
El reino del mundo que dirige Satanas contiene una ideología opuesta y
conflictiva con los principios del Reino de Dios. Estos valores
ideologicos se han fijado de tal modo en la mente de los seres humanos
que dificultan la actuación salvadora de Dios.
Jesucristo pide el arrepentimiento porque el Reino de Dios se había
acercado (Mt. 1:15: cf. Mt 4:17). El arrepentimiento ¿de qué) De una
direccionalidad y comportamiento, en la que se incluye una forma de
pensar y de actuar, propuesta por el reino de este mundo. Cuando propone
buscar el Reino de Dios (Mt. 6:33). ¿Qué está queriendo decir?: buscar
el Gobierno de Dios, los principios que rigen en el Gobierno de Dios; la
manera de actuar y de pensar según el Reino o Gobierno de Dios; la
ideología que sustenta y promueve el Reino de Dios.
¿Cómo conseguir esto? Pidiéndole a Dios “nacer de arriba” (Jn. 3:3),
pidiendo la personalidad espiritual que se obtiene por el poder de Dios
mediante el nuevo nacimiento por el Espiritu y del “agua testimonial”
(Jn. 3:3-5).
El encuentro de esta búsqueda no sólo otorga el conocimiento sobre los
valores y contenidos del Reino de Dios, sino que ademas se obtienen las
“añadiduras” que el hombre necesita para vivir, sin tener que
conseguirlas por el método del reino de este mundo, que se identifica,
en contraste con el Reino de Dios, como perturbador y contrario a la
voluntad de Dios, llevando a los hombres a la perdición eterna.
El mensaje es urgente: ¡arrepientete! ¡cambia de dirección! ¡te va tu
vida en ello!
Toda la teología del Nuevo Testamento está orientada a hacer posible el
que los seres humanos acepten la misericordia divina a la salvación,
manifestada en el Reino de Dios.
Jesus es el centro. Se presenta como el predicador del Reino, el
fundador, el instaurador de ese Reino de Dios que aunque existe desde
siempre, es preciso hacerlo notorio en esta tierra que había sucumbido
ante Satanas. El Reino de Dios se identifica con el secreto mesiánico de
Jesus. “Porque El está ahí, el reino está ahí”. Jesucristo desarrollara
todos los contenidos del Reino de Dios, incluso aquel que hace posible
nuestra salvación: su victoria sobre Satanas, el pecado, y su sacrificio
expiatorio en la cruz.
-
Los Principios morales del Reino de Dios.
EL SERMON DEL MONTE (CBA, pags:314-340)
BOSQUEJO DEL SERMON DEL MONTE
Los privilegios y las responsabilidades de los ciudadanos del Reino de
Dios
I.
Blanco de sus ciudadanos: la perfeccion del carácter, Mateo cap. 5
v
Cómo llegar a ser ciudadanos de ese Reino, cap. 5:3-12
v
Los ciudadanos del Reino como representantes de sus principios, cap.
5:13-16
v
La norma de conducta del Reino de los Cielos, cap. 5:17-47.
v
El blanco de sus ciudadanos: la transformación y perfeccion del
carácter: 5:48
II.
Incentivos paraq vivir correctamente y como ciudadanos ejemplares,
cap. 6.
v
Los motivos correctos en
el culto, en el servicio y en las relaciones humanas, cap. 6:1-18.
v
El propósito de la vida;
planear y vivir para el Reino de Dios, cap. 6:19-24.
v
Dios provee lo necesario
a los que dan el primer lugar a su Reino, cap. 6:25-34.
III.
Privilegios y
responsabilidades de los ciudadanos, cap. 7.
v
La regla de oro y el poder para aplicarla, cap. 7:1-12.
v
La prueba de la ciudadanía: obediencia y autodisciplina,
cap. 7:13-33
v
Un llamado para una acción decisiva, cap. 7:24-27.
Quizá el
Sermón del Monte fue pronunciado por julio o agosto del año 29 d. C. ,
como a la mitad de los tres años y medio del ministerio de Jesús. Lucas
claramente relaciona el Sermón del Monte con el llamamiento y la
ordenación de los doce (Luc. 6: 12-20) y conserva la debida secuencia de
los acontecimientos de ese día notable: (1) la noche pasada en oración,
(2) la ordenación de los doce, (3) el descenso a la llanura, (4) el
sermón. Tan sólo omite la mención de que Jesús "subió [otra vez] al
monte" (Mat. 5: l), y esta omisión ha inducido a algunos a pensar que el
sermón registrado en Lucas no fue pronunciado en el mismo lugar y al
mismo tiempo que el de Mateo.
Por otra
parte, Mateo no menciona aquí la designación y la ordenación de los
doce, sino alude a esos hechos en relación con su relato de la tercera
gira de predicación unos pocos meses más tarde (cap. 10: 1-5). Sin
embargo, Mateo relata el llamamiento junto al mar de Galilea antes de
referirse a la multitud que seguía a Jesús (cap. 4: 18-25). Los
diversos relatos evangélicos indican que los doce fueron designados en
respuesta a la evidente necesidad de que hubiera más obreros preparados
para atender a las multitudes que acompañaban a Jesús dondequiera él
iba.
La designación de los
doce fue el primer paso en la organización de la iglesia cristiana.
Cristo era el Rey de ese
nuevo reino de la gracia divina (ver com. vers. 23); los doce eran sus
ciudadanos o súbditos (ver Mar. 3: 14). El mismo día cuando los doce
llegaron a ser súbditos fundadores del reino, el Rey dio su discurso
inaugural, en el cual presentó las condiciones de la ciudadanía,
proclamó la ley del reino, y delineó sus propósitos.
El
Sermón del Monte es, pues, a la vez el discurso inaugural de Cristo como
Rey del reino de la gracia y la constitución del reino. Poco después
del establecimiento formal del reino y de la proclamación de su
constitución, se realizó la segunda gira por Galilea, durante la cual
Jesús dio una demostración clara y completa de las 314 formas en que el
reino, sus principios y su poder pueden beneficiar a la humanidad (ver
Luc. 7: 1, 11).
Bienaventurados los pobres en espíritu:
porque de ellos es el reino de los cielos:
En las
primeras palabras del Sermón del Monte, Cristo se dirige al deseo
supremo de todo corazón humano: el de la felicidad. Ese deseo fue
implantado en el hombre por el Creador mismo, y originalmente tenía el
propósito de llevarlo a encontrar la verdadera felicidad mediante la
cooperación con Dios que lo creó. Se incurre en pecado cuando el hombre
intenta encontrar la felicidad como un fin en sí misma, pasando por alto
la obediencia a los requerimientos divinos.
Así, al
comienzo de su discurso inaugural como Rey del reino de la gracia
divina, Cristo proclama que el principal propósito del reino es el de
restaurar en el corazón de los hombres la felicidad perdida en el Edén y
que los que escojan entrar por la "puerta estrecha" y el camino
"angosto" (Mat. 7: 13-14) encontrarán la verdadera felicidad. Hallarán
paz y gozo interiores, satisfacción verdadera y durable para el corazón
y el alma, que sólo se logran cuando la "paz de Dios, que sobrepasa todo
entendimiento" está presente para guardar el corazón y el pensamiento
(Fil. 4: 7). Cuando Cristo volvió al Padre, dejó con sus seguidores esa
paz que el mundo no puede dar (Juan 14: 27). Sólo pueden ser felices
los que tienen paz con Dios (cf. Rom. 5: 1) * 316 y con sus semejantes
(cf. Miq. 6: 8), que caminan conforme a los dos grandes mandamientos de
la ley de amor (Mat. 22: 37-40). Sólo los que son verdaderos súbditos
del reino de la gracia alcanzan esa disposición de la mente y del
corazón.
Los
Pobres:
Gr.
ptÇjós, palabra que se refiere a la pobreza extrema, a la miseria (ver
Mar. 12: 42; Luc. 4:18; 6: 20). Aquí ptÇjós señala a los que adolecen
de una verdadera miseria espiritual y sienten agudamente su necesidad de
las cosas que el reino del cielo tiene para ofrecerles (cf. Hech. 3: 6;
ver com. Isa. 55: 1). El que no siente su necesidad espiritual, el que
se cree "rico", que se ha "enriquecido" y que "de ninguna cosa" tiene
"necesidad", a la vista del cielo es "desventurado, miserable, pobre" (Apoc.
3: 17). Sólo los "pobres en espíritu" entrarán en el reino de la gracia
divina. Los demás no anhelan las riquezas del cielo y se niegan a
aceptar sus bendiciones.
La
comprensión de la necesidad propia es la primera condición para entrar
en el reino de la gracia de Dios. Por estar consciente de su propia
pobreza espiritual, el publicano de la parábola "descendió a su casa
justificado" antes que el fariseo que estaba lleno de justicia propia (Luc.
18: 9-14). En el reino de los cielos no hay lugar para los orgullosos,
los que están satisfechos de sí mismos, los que dependen de su justicia
propia. Cristo invita a los pobres en espíritu a que cambien su pobreza
por las riquezas de su gracia.
Es
importante notar que aquí Cristo no hablaba tanto de su futuro reino de
gloria como del reino de la gracia divina, ya presente. En sus
enseñanzas, Cristo habló muchas veces del reino de la gracia en el
corazón de los que aceptaban la soberanía celestial. Esto lo ilustran
las parábolas de la cizaña, la semilla de mostaza, la levadura, la red
(Mat. 13: 24, 31, 33, 47), y muchas otras.
Los
judíos concebían el reino de los cielos como un reino basado en la
fuerza, que obligaría a las naciones de la tierra a someterse a Israel.
Pero el reino que Cristo vino a establecer es el que comienza en el
corazón de los hombres, impregna sus vidas y rebosa hasta los corazones
y la vida de otros con el dinámico y apremiante poder del amor.
Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación:
Gr.
penthéÇ, palabra que suele indicar un dolor intenso en contraste con
lupéomai, término más genérico que significa más bien "entristecerse"
(Mat. 14: 9; 1 Ped. 1: 6). Así, la profunda pobreza espiritual de los
"pobres en espíritu" (ver com. Mat. 5: 3) corresponde con el profundo
dolor de las personas que se describen en el vers. 4. En verdad, es la
profunda comprensión de la necesidad espiritual la que induce a los
hombres a "llorar" por las imperfecciones que ven en su propia vida.
Aquí Cristo se refiere a los que, con pobreza de espíritu, anhelan
alcanzar la norma de perfección (cf. Isa. 6: 5; Rom. 7: 24). Aquí hay
también un mensaje de consuelo para quienes lloran debido a desengaños,
luto, o algún otro dolor. Recibiran consolacion.
Así como
Dios satisface la necesidad espiritual con las riquezas de la gracia del
cielo, así también responde al llanto por el pecado con el consuelo de
los pecados perdonados. Si no se experimenta primero una sensación de
necesidad, no se puede lamentar por lo que falta, en este caso la
rectitud de carácter. Lamentarse por el pecado es, pues, el segundo
requisito para los que se presentan como candidatos para el reino de los
cielos, y su secuencia, en forma natural, es después del primer paso.
Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por
heredad:
Gr. praús
"manso", "suave", gentil". Cristo dijo que él era "manso [praús] y
humilde de corazón" (cap. 11: 29), y por eso todos los que están
"trabajados y cargados" (vers. 28) pueden ir a él y hallar descanso para
su alma. El equivalente hebreo del griego praús es 'anaw o 'ani,
"pobre", "afligido", "humilde", "manso". Se emplea esta palabra hebrea
para describir a Moisés que era muy "manso" (Núm. 12: 3). También
aparece en el pasaje mesiánico de Isa. 61: 1-3 y en Sal. 37: 11, donde
también se traduce como "manso".
La
mansedumbre es una actitud del corazón, de la mente y de la vida, que
prepara el camino para la santificación. A la vista de Dios, el
espíritu "afable" [praús] es "de grande 317 de estima" (1 Ped. 3: 4).
La "mansedumbre" aparece repetidas veces en el NT como una virtud
importantísima del cristiano (Gál. 5: 23; 1 Tim. 6: 11). La
"mansedumbre" en relación con Dios significa que habremos de aceptar su
voluntad y la forma en que nos trata, que nos someteremos a él en todas
las cosas sin vacilación. Una persona "mansa" domina perfectamente su
yo. Debido al enaltecimiento del yo, nuestros primeros padres perdieron
el reino que les había sido confiado. Por medio de la mansedumbre éste
puede ser recuperado.
Sal. 37:
11. Los "pobres en espíritu" han de recibir las riquezas del reino de
los cielos (Mat. 5: 3); los mansos han de "recibir la tierra por
heredad". Es evidente que no son los "manos" quienes ahora poseen la
tierra, sino los orgullosos. Sin embargo, a su debido tiempo los reinos
de este mundo serán entregados a los santos, a los que hayan aprendido
la virtud de la humildad (cf. Dan. 7: 27). Finalmente, dijo Cristo,
los que se humillen, los que aprendan la mansedumbre, serán ensalzados (
Mat. 23: 12).
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia:
porque ellos serán hartos:
Esta
figura era especialmente llamativa en un país donde el promedio anual de
lluvia no pasa de 65 cm (26 pulgadas) Lo que ocurre en Palestina suele
pasar también en grandes regiones del Cercano Oriente. Por limitar con
extensas zonas desérticas, una buena parte de las tierras habitadas son
semiáridas. Sin duda, muchos de los que escuchaban a Jesús sabían lo
que era experimentar sed. Tal como lo ilustra el caso de Agar y de
Ismael, un viajero que se extraviaba o pasaba por alto una de las pocas
fuentes que había a la vera de su ruta, fácilmente podía encontrarse en
serias dificultades.
Pero aquí
Jesús hablaba del hambre y de la sed del alma (Sal. 42: 1-2). Sólo los
que anhelan justicia con la apremiante ansiedad del que se muere por
falta de alimento o de agua, la encontrarán. Ningún recurso terrenal
puede satisfacer el hambre y la sed del alma. No son suficientes ni
riquezas materiales, ni profundas filosofías, ni la satisfacción de los
apetitos físicos, ni el honor, ni el poder. Después de probar todas
esas cosas, Salomón llegó a la conclusión de que "todo es vanidad" (Ecl.
1: 2, 14; 3: 19; 11: 8; 12: 8; cf. 2: 1, 15, 19; etc.).
Nada
produce la satisfacción y la felicidad que el corazón humano anhela. La
conclusión del sabio fue que reconocer al Creador y cooperar con él
proporcionan la única satisfacción duradera (Ecl. 12: 1, 13). Unos seis
u ocho meses después del Sermón del Monte, Jesús pronunció otro gran
discurso, esta vez acerca del Pan de Vida (Juan 6: 26-59), en el cual
presentó más plenamente el principio que aquí se expone en forma
sucinta. Jesús mismo es el "pan" del cual los hombres deben tener
hambre, y participando de ese "pan" pueden mantener la vida espiritual y
satisfacer el hambre de su alma (Juan 6: 35, 48, 58). Se invita
bondadosamente a los que tienen hambre y sed que vayan al Proveedor
celestial y reciban alimento y bebida "sin dinero y sin precio" (Isa.
55: 1-2). El hecho de que el corazón anhele justicia demuestra que
Cristo ya ha comenzado allí su obra.
Justicia.
Gr.
dikaiosún', de la raíz dík', "costumbre", "uso", y por lo tanto, lo
"correcto" según la costumbre. En el NT se emplea la palabra con el
sentido de lo "correcto" según lo determinan los principios del reino
del cielo. El vocablo dikaiosún' aparece en 87 versículos en el NT, y en
la RVR se traduce todas las veces como "justicia" salvo en dos casos (1
Cor. 1: 30; 2 Cor. 3: 9). Entre los griegos, la "justicia" consistía en
la conformidad con las costumbres aceptadas. Para los judíos en esencia
era conformarse con los requerimientos de la ley tal como la
interpretaba la tradición judía (Gál. 2: 16-21). Pero para los
seguidores de Cristo, la "justicia" tenía un sentido más amplio. En vez
de establecer su propia justicia, los cristianos debían someterse a "la
justicia de Dios" (Rom. 10: 3). Buscaban la justicia "que es por la fe
de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe" (Fil. 3: 9).
La
justicia de Cristo es tanto imputada como impartida. La justicia
imputada produce justificación; pero el alma justificada crece en la
gracia. Por medio del poder de Cristo que vive en el alma, el cristiano
conforma su vida con los requisitos de la ley moral tal como fue
expuesta por precepto y ejemplo por Jesús. Esta es la justicia
impartida. Esto es lo que Cristo quería decir cuando animó a sus
oyentes a que pensaran en ser "perfectos" así como su Padre celestial es
perfecto. Pablo dice que la vida perfecta de Jesús ha hecho que sea
posible que "La justicia de la ley se cumpliese en nosotros, 318 que no
andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8: 4).
Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán
misericordia:
En Heb.
2:17 se dice que Cristo es "misericordioso y fiel sumo sacerdote". La
misericordia de la cual habla Cristo aquí es una virtud activa que se
proyecta hacia los seres humanos. Tiene poco valor mientras no se
convierta en obras de misericordia. En Mat. 25: 31-46 se presentan las
obras de misericordia como el elemento decisivo para la admisión en el
reino de la gloria. Santiago incluye los actos de misericordia en su
definición de la "religión pura" (Sant. 1: 27). Miqueas (cap. 6: 8)
resume la obligación del hombre para con Dios y sus prójimos: "hacer,
justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios". Notar que
Miqueas, al igual que Cristo, menciona tanto la humildad ante Dios como
la misericordia para con los hombres. Estos dos procederes pueden
compararse con los dos mandamientos, de los cuales "depende toda la ley
y los profetas" (Mat. 22: 40).
Los
misericordiosos alcanzaran misericordia. Esto ocurrirá tanto ahora como
en el día del juicio, tanto de parte de los hombres como de Dios. El
principio de la regla de oro (cap. 7: 12) se aplica tanto a nuestro
trato con otros como al trato que los demás nos brindan en respuesta. La
persona cruel, de corazón duro y espíritu desconsiderado, rara vez
recibe un trato bondadoso y misericordioso de parte de su prójimo. Pero
muchas veces los que son bondadosos y considerados con las necesidades y
los sentimientos ajenos, encuentran que el mundo les paga con la misma
moneda.
Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán á Dios:
La
palabra que aquí se traduce como "corazón" se refiere al intelecto (cap.
13: 15), la conciencia (1 Juan 3: 20), el hombre interior (1 Ped. 3:
4). La pureza de corazón, en el sentido que le dio Cristo, comprende
mucho más que la pureza sexual; incluye todos los rasgos de carácter
deseables y excluye todos los indeseables. El ser de "limpio corazón"
equivale a estar revestido con el manto de justicia de Cristo (ver com.
Mat. 22: 11-12), el "lino fino" del cual están ataviados los santos (Apoc.
19: 8; cf. cap. 3: 18-19), es decir, la perfección del carácter.
Jesús no
estaba hablando de la limpieza ceremonial (Mat. 15: 18-20; 23: 25), sino
de la limpieza interior del corazón. Si los motivos son puros, la vida
también lo será.
Los de
corazón limpio han abandonado el pecado como principio gobernante de la
vida, y su existencia está enteramente consagrada a Dios (Rom. 6: 14-16;
8: 14-17). El tener "limpio corazón" no significa que la persona no
tenga ningún pecado, pero sí significa que sus motivos son correctos,
que por la gracia de Cristo se ha apartado de sus errores pasados y que
prosigue hacia la meta de perfección en Cristo Jesús (Fil. 3: 13-15).
Cristo
pone énfasis en el reino de la gracia divina en los corazones humanos en
esta era presente, pero sin olvidar el reino eterno de gloria en el
mundo futuro. Por lo tanto, es claro que las palabras "verán a Dios" se
refieren tanto a la visión espiritual como a la física. Quienes sienten
su necesidad espiritual, entran en el "reino de los cielos" (vers. 3)
ahora; los que lloran por el pecado (vers. 4) son consolados ahora;
quienes son mansos de corazón (vers. 5) reciben su derecho de poseer la
tierra nueva ahora; los que tienen hambre y sed de la justicia de
Jesucristo (vers. 6) son saciados ahora; los misericordiosos (vers. 7)
logran misericordia ahora. Del mismo modo, los de limpio corazón tienen
el privilegio de ver a Dios ahora, con los ojos de la fe; y finalmente,
en el glorioso reino, tendrán el privilegio de verlo cara a cara (1 Juan
3: 2; Apoc. 22: 4). Además, sólo los que logren desarrollar la visión
celestial en este mundo presente, tendrán el privilegio de ver a Dios en
el mundo venidero.
Así como
ocurre con los narcóticos y las bebidas embriagantes, el primer efecto
del pecado es nublar las facultades superiores de la mente y del alma.
Sólo después que la serpiente hubo seducido a Eva haciendo que viera con
los ojos del alma que "el árbol era bueno para comer, y que era
agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría",
fue cuando ella "tomó de su fruto, y comió" (Gén. 3: 6). Cuando la
serpiente dijo "serán abiertos vuestros ojos", se refería a una visión
simbólica, porque como resultado de que sus "ojos" fueron "abiertos",
conocieron el bien y el mal (Gén. 3: 5). El diablo ciega en primer
lugar a los hombres persuadiéndolos a que crean que la experiencia con
el pecado les dará una visión más clara. Sin embargo, el pecado lleva a
una ceguera mayor. El pecador "tiene ojos y no ve" (Jer. 5: 21; cf.
Isa. 6: 10; Eze. 12: 2).
Sólo
aquellos cuyo corazón es limpio y sincero "verán a Dios". Si el "ojo es
bueno", toda 319 la vida estará llena de "luz" (Mat. 6: 22-23). Muchos
cristianos sufren de estrabísmo espiritual por intentar tener un ojo
fijo en la Canaán celestial y el otro en los "deleites temporales del
pecado" (Heb. 11: 25) y las "ollas de carne" de Egipto (Exo. 16: 3).
Nuestra única seguridad está en vivir según los principios y colocar a
Dios en primer lugar en nuestra vida. Quienes hoy vean que las cosas de
este mundo son "deseables" y cuya atención está fija en las relucientes
baratijas de la tierra que Satanás les muestra, nunca considerarán como
de mayor valor el obedecer a Dios. Si queremos ver a Dios, debemos
mantener limpia la ventana del alma.
Bienaventurados los pacificadores:
porque ellos serán llamados hijos de Dios:
Cristo se
refiere aquí especialmente a inducir a los hombres a que estén en
armonía con Dios (DTG 269-271; DMJ 27). "La mente carnal es enemistad
contra Dios" (Rom. 8: 7). Pero Cristo, el mayor de los pacificadores,
vino para mostrar a los hombres que Dios no es su enemigo. Cristo es el
"Príncipe de paz" (Isa. 9: 6-7; cf. Miq. 5: 5). Fue el mensajero de
paz de Dios ante el hombre,"justificados, pues, por la fe, tenemos paz
para con Dios" por medio de Jesús (Rom. 5: 1). Cuando Jesús hubo
cumplido con la tarea que le fue asignada y volvió al Padre, pudo decir:
"La paz os dejo, mi paz os doy" (Juan 14: 27; cf. 2 Tes. 3: 16).
A fin de
apreciar lo que Cristo quería decir al hablar de "pacificadores", es
útil considerar el sentido de la palabra "paz" en el pensamiento
semítico y en su forma de hablar. El equivalente hebreo de la palabra
griega eir'n' es shalom, que significa "salud", "bienestar", "entereza",
"prosperidad", "paz". En vista de que Cristo y la gente común empleaban
el arameo, idioma muy parecido al hebreo, es muy posible que Cristo
empleó esta palabra con sus acepciones semíticas. Los cristianos han de
estar en paz los unos con los otros (1 Tes. 5: 13) y deben seguir "la
paz con todos" (Heb. 12: 14). Han de orar por la paz, trabajar por la
paz e interesarse en forma constructiva en las actividades que
contribuyan a la paz de la sociedad.
Hijos de Dios.
Los judíos se consideraban "hijos de Dios" (Deut. 14: 1; Ose. 1: 10;
etc.), concepto que también comparten los cristianos (1 Juan 3: 1). El
ser hijo de Dios significa parecerse a él en carácter (1 Juan 3: 2; cf
Juan 8: 44). Los "pacificadores" son "hijos de Dios" porque ellos
mismos están en paz con Dios, y están dedicados a la tarea de inducir a
sus prójimos a que estén en paz con él.
Padecen persecución.
Aquí Cristo se refiere en primer lugar a la persecución sufrida en el
proceso de abandonar el mundo y volverse a Dios. Desde la entrada del
pecado, ha existido "enemistad" entre Cristo y Satanás, entre el reino
de los cielos y el reino de este mundo, y entre los que sirven a Dios y
los que sirven a Satanás (Gén. 3: 15; Apoc. 12: 7-17). Este conflicto
ha de continuar hasta que "los reinos del mundo" vengan "a ser de
nuestro Señor y de su Cristo" (Apoc. 11: 15; cf. Dan. 2: 44; 7: 27).
Pablo advirtió a los creyentes que "a través de muchas tribulaciones"
habrían de entrar "en el reino de Dios" (Hech. 14: 22). Los ciudadanos
del reino celestial pueden esperar tribulaciones en este mundo (Juan 16:
33), porque su carácter, sus ideales, sus aspiraciones y su conducta dan
un testimonio unánime y silencioso contra la impiedad de este mundo (cf.
1 Juan 3: 12). Los enemigos del reino celestial persiguieron a Cristo,
el Rey, y se ha de esperar que persigan a sus súbditos leales (Juan 15:
20). "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo
Jesús padecerán persecución" (2 Tim. 3: 12).
De ellos es el reino de los cielos.
En el vers. 3 se hace la misma promesa a quienes sienten su necesidad
espiritual. "Si sufrimos, también reinaremos con él" (2 Tim. 2: 12;
cf. Dan. 7: 18, 27). Quienes más sufren por Cristo son los que mejor
pueden apreciar cuánto sufrió él por ellos. Es apropiado que en la
primera bienaventuranza y en la última esté la seguridad de que esas
personas serán súbditos del reino. Los que cumplan con las ocho
condiciones aquí enumeradas para ser ciudadanos, son dignos de un lugar
en el reino.
Os vituperen por mi causa.
Los cristianos sufren por el nombre que llevan, el de Cristo. En todas
las épocas, al igual que en tiempos de la iglesia primitiva, los que
verdaderamente aman a su Señor se han regocijado por haber sido
considerados "dignos de padecer afrenta por causa del Nombre" (Hech. 5:
41; cf. 1 Ped. 2:19-23; 3: 14; 4: 14). 320 Cristo advirtió que los que
quisieran ser sus discípulos serían "aborrecidos de todos por causa de"
su "nombre" (Mat. 10: 22); pero añadió en seguida que cualquiera que
perdiere "su vida" por causa de él, la hallaría (cap. 10: 39). Los
cristianos deben estar listos para padecer por él (Fil. 1: 29).
Gozaos.
El cristiano debe gozarse, sin importarle lo que la vida le ofrezca
(Fil. 4: 4), pues sabe que Dios hace que todas las cosas le ayuden a
bien (Rom. 8: 28). Esto es especialmente cierto en relación con la
tentación o la prueba (Sant. 1: 2-4), porque el sufrimiento desarrolla
la paciencia y otras características imprescindibles para los ciudadanos
del reino celestial.
Vuestro galardón es grande.
Para el cristiano maduro, el concepto del galardón no es el más
importante de todos.
No
obedece las reglas sólo con el propósito de entrar en el cielo. Obedece
porque encuentra que la cooperación con su Creador es la meta suprema y
el gozo de su existencia. El sacrificio puede ser grande, pero la
recompensa también es grande. Cuando el Hijo del hombre venga en gloria
"pagará a cada uno conforme a sus obras" (Mat. 16: 27; cf. Apoc. 22:
12).
Jesus compara la persecución de los cristianos con los
profetas.
Se refiere a profetas como Elías, perseguido por Acab y Jezabel (1 Rey
18: 7-10; 19: 2), y Jeremías, perseguido por sus compatriotas (Jer. 15:
20; 17: 18; 18: 18; 20: 2; etc.). La persecución sirve para purificar la
vida y eliminar la escoria del carácter (cf. Job 23: 10).
En todo su ministerio, Jesus nunca se desvio de los principios
establecidos en el Sermón del monte, por el contrario, los reafirmó.