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El Fín de la Historia Humana y el Reino de Dios

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El Mensaje Central del Reino de Dios y sus Principios
Primera parte

Hay tres situaciones con las que Jesucristo se encuentra cuando recibe el llamamiento del Padre a proyectar el Reino de Dios:

  1. La situación de una humanidad perdida y condenada a muerte por el pecado.
  2. La existencia de un ser denominado el Príncipe de este mundo, el Maligno, Satanás o el Diablo.
  3. El territorio donde domina Satanás, al que ha proyectado su ideología y con la que los seres humanos han quedado atrapados formando el Reino de este mundo.

Frente a esto tenemos al Mesías, a Jesucristo, que se identifica con el Reino de Dios, y el propio Reino de Dios.

El mensaje central del Reino de Dios esta polarizado principalmente por la idea que subyace en el significado del Reino de Dios que incluye un “misterio”, y el espectáculo de inmensa miseria y necesidad que presenta la humanidad.

Jesucristo presenta el Reino de Dios de diferentes maneras, cada una de ellas enseñando características del Reino.

El sentido básico que la Biblia da al término Reino es el de Gobierno. Es decir el Reino de Dios es el Gobierno de Dios que ofrece a los hombres las bendiciones de ese Gobierno, y que se caracteriza por unos principios ideológicos determinados que son justos e idóneos para el ser humano. Hay cuatro aspectos en la predicación de Jesús que se relacionan persistentemente con el Reino de Dios:

v      El Arrepentimiento.

v      La liberación del Pecado y de Satanás, con los corolarios de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

v      El llamamiento persistente a buscar el Reino de Dios y pertenecer a él.

v      Los contenidos morales, espirituales, doctrinales, que evidencian, en su aceptación, formar parte del Reino de Dios, y que nos ayudan a permanecer en él.

Por otra parte, Satanás ha influido en el mundo, tanto a nivel individual como colectivo, hasta el punto de fijar una manera de pensar determinada con unas actitudes, creando también su Reino, en este caso el Reino de este mundo que entra en conflicto con el Reino de Dios.

Las características fundamentales de ese Reino son la auto-independencia respecto a la Deidad; la indiferencia cuando o la negación de Dios; el alejamiento respecto de Dios; unas formas y conductas especificas contrarias al pensamiento divino; ausencia de doctrinas que ayuden a permanecer en la salvación; ausencia de la necesidad de la salvación.

Jesús de Nazaret se encuentra frente a un mundo hostil a Dios que se ha rebelado contra El, instigado por el Diablo (Gn. 3:1-6), introduciéndose la tara del pecado (Mt. 1:21; Jn. 1:29; 8:21, 24, 34; cf. Ro. 5:12) que separa al hombre de Dios y lo conduce a la muerte y condenación eterna (Lc. 13:3, 5; cf. Ro. 3:10-12, 23).

La devastación de la obra de Dios por parte de Satanás es de tal dimensión, que aun cuando Dios no ha e4stado ausente, ya que el abandono sería incompatible con una Providencia que ayuda a los pájaros y viste a las flores, se ha desfigurado de tal modo, que aun a pesar de los lazos que pueden unir a Dios con su creación es necesario que el Reino de Dios se haga notorio.

La misión de Jesús mediante el Reino de Dios ha de consistir en arrebatar a Satanás “su reino”, convencer a la humanidad del Reino de Dios devolviendo la imagen correcta respecto de Dios, y salvar a la humanidad del pecado que le ata al reino de este mundo.

¿Cómo?

  1. Mediante la predicación contenida en el Reino de Dios.

Jesús ha reconocido en Satanás al originador del infortunio humano, se trata del padre de la mentira, del engañador por excelencia, y de un verdadero criminal (Jn. 8:44). Es el príncipe de este mundo, el que gobierna (Jn. 12:31; 14:30; 16:11).

Se enfrenta a él al comienzo de su ministerio venciéndole (Mr. 12:29).

Aun a pesar del despliegue sin precedentes de demonios, Jesucristo los expulsa con poder de aquellos humanos a donde han ido a anidar (Mt. 10:7, 8; cf. 15:22, 28), les reprende (Mr. 5:8). Ejerce completo poder sobre ellos (Mt. 12:29) e incluso otorga ese poder a sus discípulos (Mt. 10:1; Mr. 3:15).

Todavía era preciso curar y hacer milagros para “atestiguar la presencia de Dios y su providencia”, y un modo de hacerlo es la purificación fragmentaria del mundo, operada por los milagros de Jesús.

Los milagros forman parte de un plan de destrucción de Satanás y su mundo. De este modo Jesús ha penetrado en la casa de Satanás, lo ha atado y lo ha inmovilizado, y de este modo saque su casa (Mr. 3:23-27).

Todavía no lo ha destruido definitivamente, pero estas victorias son precursoras de ese final. De cualquier forma, aun cuando todavía Satanás pueda manifestarse en el futuro (Jn. 14:30, “todavía viene”, cf. Lc. 22:31, 32) ha sido “inmovilizado de tal modo que ya no puede dominar la situación de aquellos que pertenecen al Reino de Dios.

Jesucristo con su predicación y actuación viene a decir: los males que existen aquí en esta tierra no tienen como causa a Dios sino al Mal personificado en Satanás; pero este Mal no tiene poder para vencer; el Maligno no tiene nada que hacer con aquellos que forman parte del Reino de Dios. Y ese Reino ya está aquí, y lo atestiguo, no solo por mi predicación sino porque ha empezado a quebrantarse el poder de Satanás. ¿Cómo?

Estos milagros que yo hago, es la manifestación real de lo que Dios quiere pare el hombre en su contraposición al verdadero originador y causante del sufrimiento humano que es Satanás. 

  1. El golpe mortal que se asesta a Satanás con el mensaje del Reino de Dios y la entrega a los hombres de las bendiciones del Gobierno de Dios.

Jesucristo, que se identifica con el Rey Mesías y que hace presente y real con su persona y obra al Reino de Dios, había venido a salvar al pueblo de sus pecados, a dispensar el perdón (Lc. 1:77), y es señalado como el cordero que quita el pecado del mundo          (Jn. 1:29), y como el Hijo del Hombre celestial que tiene potestad para perdonar pecados.

Las parábolas del Reino presentan cómo es el carácter de Dios, de qué calibre son el amor y la misericordia divina. De cómo su iniciativa y su obra de la gracia hacen posible la liberación del pecado, y la salvación. De cómo hay un enemigo que ha alterado el curso natural de las cosas desfigurando el propósito divino, el Gobierno amoroso de Dios.

De cómo ha sido necesario el envío del Hijo, el heredero, para restaurar la imagen del Padre y permitir así que la salvación pueda efectuarse. El cómo habrá un juicio favorable a los creyentes, y condenatorio para aquellos que por una “ignorancia maliciosa” hayan persistido en el reino del mundo dirigido por el Enemigo rechazando el Reino de Dios dirigido por el Mesías Rey Jesucristo.

A partir de ahora, a pesar de la afliccion que Satanas pueda producir en el mundo (Jn. 16:33), a pesar de la naturaleza caída y corrupta (Ro. 7:7-24) que poseemos, aun cuando haya que guardarse del mal (Jn. 17:15), podemos confiar en el poder de Dios (Jn.16:33).

Dios nos va a guardar del mal, y nos va a santificar (Jn. 17:17). Mediante la Palabra de Reino de Dios (Jn. 8:31, 32) y el Espiritu Santo (Jn. 14:16-18, 26; 15:26; 16:7-11, 13, 15)

Tendremos la autentica libertad y santidad.

Aquí, en la victoria sobre el pecado conseguida por Jesucristo, proyectada y aplicada a los que quieren ser súbditos de su Reino (Ro. 8:1-17), se evidencia no solo el triunfo actual sobre Satanas, sino además la seguridad de la victoria definitiva sobre los últimos enemigos al final de los tiempos (1 Co. 15:53-58; Ro. 16:20; He. 2:14).

  1. La presencia del Reino de Dios resuelve el problema de la muerte y la existencia del hombre, a través de la obra y predicación del Reino en Jesucristo.

La muerte y lo que la produce el pecado, ha sido vencido, por Cristo Jesus, como garantía de la victoria concluyente que al final de los tiempos acontecerá a todos los hombres.

El mensaje del Reino nos transmite que aunque la muerte se muestra todavía orgullosa, y es llamada por Pablo el último enemigo que ha de ser vencido (1 Co. 15:26), Jesucrito la venció triunfando sobre el pecado y resucitando, siendo la garantía de la victoria definitiva que sobre ésta se obtendrá cuando El venga.

La eficacia de la muerte está limitada por nuestra propia fe en el valor de la obra de Cristo, y en el poder de sus palabras. La fe adquirida como fruto de su victoria sobre la muerte nos da seguridad respecto a su promesa de resurrección. Nuestra fe acorta la distancia entre la victoria de Cristo y el tiempo final establecido para la resurrección.

De tal modo se abrevia que podemos vivir ya ahora ese momento culminante y pleno de la derrota del enemigo.

  1. La necesidad urgente del arrepentimiento con un cambio radical de mentalidad y de conversión con una orientación moral totalmente nueva.

El reino del mundo que dirige Satanas contiene una ideología opuesta y conflictiva con los principios del Reino de Dios. Estos valores ideologicos se han fijado de tal modo en la mente de los seres humanos que dificultan la actuación salvadora de Dios.

Jesucristo pide el arrepentimiento porque el Reino de Dios se había acercado (Mt. 1:15: cf. Mt 4:17). El arrepentimiento ¿de qué) De una direccionalidad y comportamiento, en la que se incluye una forma de pensar y de actuar, propuesta por el reino de este mundo. Cuando propone buscar el Reino de Dios (Mt. 6:33). ¿Qué está queriendo decir?: buscar el Gobierno de Dios, los principios que rigen en el Gobierno de Dios; la manera de actuar y de pensar según el Reino o Gobierno de Dios; la ideología que sustenta y promueve el Reino de Dios.

¿Cómo conseguir esto? Pidiéndole a Dios “nacer de arriba” (Jn. 3:3), pidiendo la personalidad espiritual que se obtiene por el poder de Dios mediante el nuevo nacimiento por el Espiritu  y del “agua testimonial” (Jn. 3:3-5).

El encuentro de esta búsqueda no sólo otorga el conocimiento sobre los valores y contenidos del Reino de Dios, sino que ademas se obtienen las “añadiduras” que el hombre necesita para vivir, sin tener que conseguirlas por el método del reino de este mundo, que se identifica, en contraste con el Reino de Dios, como perturbador y contrario a la voluntad de Dios, llevando a los hombres a la perdición eterna.

El mensaje es urgente: ¡arrepientete! ¡cambia de dirección! ¡te va tu vida en ello!

Toda la teología del Nuevo Testamento está orientada a hacer posible el que los seres humanos acepten la misericordia divina a la salvación, manifestada en el Reino de Dios.

Jesus es el centro. Se presenta como el predicador del Reino, el fundador, el instaurador de ese Reino de Dios que aunque existe desde siempre, es preciso hacerlo notorio en esta tierra que había sucumbido ante Satanas. El Reino de Dios se identifica con el secreto mesiánico de Jesus. “Porque El está ahí, el reino está ahí”. Jesucristo desarrollara todos los contenidos del Reino de Dios, incluso aquel que hace posible nuestra salvación: su victoria sobre Satanas, el pecado, y su sacrificio expiatorio en la cruz.

  1. Los Principios morales del Reino de Dios.

EL SERMON DEL MONTE (CBA, pags:314-340)

BOSQUEJO DEL SERMON DEL MONTE

Los privilegios y las responsabilidades de los ciudadanos del Reino de Dios

                   I.      Blanco de sus ciudadanos: la perfeccion del carácter, Mateo cap. 5

v      Cómo llegar a ser ciudadanos de ese Reino, cap. 5:3-12

v      Los ciudadanos del Reino como representantes de sus principios, cap. 5:13-16

v      La norma de conducta del Reino de los Cielos, cap. 5:17-47.

v      El blanco de sus ciudadanos: la transformación y perfeccion del carácter: 5:48

II.   Incentivos paraq vivir correctamente y como ciudadanos ejemplares, cap. 6.

v      Los motivos correctos en el culto, en el servicio y en las relaciones humanas, cap. 6:1-18.

v      El propósito de la vida; planear y vivir para el Reino de Dios, cap. 6:19-24.

v      Dios provee lo necesario a los que dan el primer lugar a su Reino, cap. 6:25-34.

III.   Privilegios y responsabilidades de los ciudadanos, cap. 7.

v      La regla de oro y el poder para aplicarla, cap. 7:1-12.

v      La prueba de la ciudadanía: obediencia y autodisciplina, cap. 7:13-33

v      Un llamado para una acción decisiva, cap. 7:24-27.

Quizá el Sermón del Monte fue pronunciado por julio o agosto del año 29 d. C. , como a la mitad de los tres años y medio del ministerio de Jesús.  Lucas claramente relaciona el Sermón del Monte con el llamamiento y la ordenación de los doce (Luc. 6: 12-20) y conserva la debida secuencia de los acontecimientos de ese día notable: (1) la noche pasada en oración, (2) la ordenación de los doce, (3) el descenso a la llanura, (4) el sermón.  Tan sólo omite la mención de que Jesús "subió [otra vez] al monte" (Mat. 5: l), y esta omisión ha inducido a algunos a pensar que el sermón registrado en Lucas no fue pronunciado en el mismo lugar y al mismo tiempo que el de Mateo.

Por otra parte, Mateo no menciona aquí la designación y la ordenación de los doce, sino alude a esos hechos en relación con su relato de la tercera gira de predicación unos pocos meses más tarde (cap. 10: 1-5).  Sin embargo, Mateo relata el llamamiento junto al mar de Galilea antes de referirse a la multitud que seguía a Jesús (cap. 4: 18-25).  Los diversos relatos evangélicos indican que los doce fueron designados en respuesta a la evidente necesidad de que hubiera más obreros preparados para atender a las multitudes que acompañaban a Jesús dondequiera él iba.

La designación de los doce fue el primer paso en la organización de la iglesia cristiana.  Cristo era el Rey de ese nuevo reino de la gracia divina (ver com. vers. 23); los doce eran sus ciudadanos o súbditos (ver Mar. 3: 14).  El mismo día cuando los doce llegaron a ser súbditos fundadores del reino, el Rey dio su discurso inaugural, en el cual presentó las condiciones de la ciudadanía, proclamó la ley del reino, y delineó sus propósitos.

 El Sermón del Monte es, pues, a la vez el discurso inaugural de Cristo como Rey del reino de la gracia y la constitución del reino.  Poco después del establecimiento formal del reino y de la proclamación de su constitución, se realizó la segunda gira por Galilea, durante la cual Jesús dio una demostración clara y completa de las 314 formas en que el reino, sus principios y su poder pueden beneficiar a la humanidad (ver Luc. 7: 1, 11). 

Bienaventurados los pobres en espíritu:
porque de ellos es el reino de los cielos:

En las primeras palabras del Sermón del Monte, Cristo se dirige al deseo supremo de todo corazón humano: el de la felicidad.  Ese deseo fue implantado en el hombre por el Creador mismo, y originalmente tenía el propósito de llevarlo a encontrar la verdadera felicidad mediante la cooperación con Dios que lo creó.  Se incurre en pecado cuando el hombre intenta encontrar la felicidad como un fin en sí misma, pasando por alto la obediencia a los requerimientos divinos.

Así, al comienzo de su discurso inaugural como Rey del reino de la gracia divina, Cristo proclama que el principal propósito del reino es el de restaurar en el corazón de los hombres la felicidad perdida en el Edén y que los que escojan entrar por la "puerta estrecha" y el camino "angosto" (Mat. 7: 13-14) encontrarán la verdadera felicidad.  Hallarán paz y gozo interiores, satisfacción verdadera y durable para el corazón y el alma, que sólo se logran cuando la "paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" está presente para guardar el corazón y el pensamiento (Fil. 4: 7).  Cuando Cristo volvió al Padre, dejó con sus seguidores esa paz que el mundo no puede dar (Juan 14: 27).  Sólo pueden ser felices los que tienen paz con Dios (cf.  Rom. 5: 1) * 316  y con sus semejantes (cf.  Miq. 6: 8), que caminan conforme a los dos grandes mandamientos de la ley de amor (Mat. 22: 37-40).  Sólo los que son verdaderos súbditos del reino de la gracia alcanzan esa disposición de la mente y del corazón.

Los Pobres: Gr. ptÇjós, palabra que se refiere a la pobreza extrema, a la miseria (ver Mar. 12: 42; Luc. 4:18; 6: 20).  Aquí ptÇjós señala a los que adolecen de una verdadera miseria espiritual y sienten agudamente su necesidad de las cosas que el reino del cielo tiene para ofrecerles (cf.  Hech. 3: 6; ver com.  Isa. 55: 1).  El que no siente su necesidad espiritual, el que se cree "rico", que se ha "enriquecido" y que "de ninguna cosa" tiene "necesidad", a la vista del cielo es "desventurado, miserable, pobre" (Apoc. 3: 17).  Sólo los "pobres en espíritu" entrarán en el reino de la gracia divina.  Los demás no anhelan las riquezas del cielo y se niegan a aceptar sus bendiciones.

La comprensión de la necesidad propia es la primera condición para entrar en el reino de la gracia de Dios.  Por estar consciente de su propia pobreza espiritual, el publicano de la parábola "descendió a su casa justificado" antes que el fariseo que estaba lleno de justicia propia (Luc. 18: 9-14).  En el reino de los cielos no hay lugar para los orgullosos, los que están satisfechos de sí mismos, los que dependen de su justicia propia.  Cristo invita a los pobres en espíritu a que cambien su pobreza por las riquezas de su gracia.

Es importante notar que aquí Cristo no hablaba tanto de su futuro reino de gloria como del reino de la gracia divina, ya presente.  En sus enseñanzas, Cristo habló muchas veces del reino de la gracia en el corazón de los que aceptaban la soberanía celestial.  Esto lo ilustran las parábolas de la cizaña, la semilla de mostaza, la levadura, la red (Mat. 13: 24, 31, 33, 47), y muchas otras.

Los judíos concebían el reino de los cielos como un reino basado en la fuerza, que obligaría a las naciones de la tierra a someterse a Israel.  Pero el reino que Cristo vino a establecer es el que comienza en el corazón de los hombres, impregna sus vidas y rebosa hasta los corazones y la vida de otros con el dinámico y apremiante poder del amor.

Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación:

Gr. penthéÇ, palabra que suele indicar un dolor intenso en contraste con lupéomai, término más genérico que significa más bien "entristecerse" (Mat. 14: 9; 1 Ped. 1: 6).  Así, la profunda pobreza espiritual de los "pobres en espíritu" (ver com.  Mat. 5: 3) corresponde con el profundo dolor de las personas que se describen en el vers. 4. En verdad, es la profunda comprensión de la necesidad espiritual la que induce a los hombres a "llorar" por las imperfecciones que ven en su propia vida.  Aquí Cristo se refiere a los que, con pobreza de espíritu, anhelan alcanzar la norma de perfección (cf.  Isa. 6: 5; Rom. 7: 24).  Aquí hay también un mensaje de consuelo para quienes lloran debido a desengaños, luto, o algún otro dolor. Recibiran consolacion.

Así como Dios satisface la necesidad espiritual con las riquezas de la gracia del cielo, así también responde al llanto por el pecado con el consuelo de los pecados perdonados.  Si no se experimenta primero una sensación de necesidad, no se puede lamentar por lo que falta, en este caso la rectitud de carácter.  Lamentarse por el pecado es, pues, el segundo requisito para los que se presentan como candidatos para el reino de los cielos, y su secuencia, en forma natural, es después del primer paso.

Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad:

Gr. praús "manso", "suave", gentil".  Cristo dijo que él era "manso [praús] y humilde de corazón" (cap. 11: 29), y por eso todos los que están "trabajados y cargados" (vers. 28) pueden ir a él y hallar descanso para su alma.  El equivalente hebreo del griego praús es 'anaw o 'ani, "pobre", "afligido", "humilde", "manso".  Se emplea esta palabra hebrea para describir a Moisés que era muy "manso" (Núm. 12: 3).  También aparece en el pasaje mesiánico de Isa. 61: 1-3  y en Sal. 37: 11, donde también se traduce como "manso".

La mansedumbre es una actitud del corazón, de la mente y de la vida, que prepara el camino para la santificación.  A la vista de Dios, el espíritu "afable" [praús] es "de grande  317 de estima" (1 Ped. 3: 4).  La "mansedumbre" aparece repetidas veces en el NT como una virtud importantísima del cristiano (Gál. 5: 23; 1 Tim. 6: 11).  La "mansedumbre" en relación con Dios significa que habremos de aceptar su voluntad y la forma en que nos trata, que nos someteremos a él en todas las cosas sin vacilación.  Una persona "mansa" domina perfectamente su yo.  Debido al enaltecimiento del yo, nuestros primeros padres perdieron el reino que les había sido confiado.  Por medio de la mansedumbre éste puede ser recuperado.

Sal. 37: 11. Los "pobres en espíritu" han de recibir las riquezas del reino de los cielos (Mat. 5: 3); los mansos han de "recibir la tierra por heredad".  Es evidente que no son los "manos" quienes ahora poseen la tierra, sino los orgullosos.  Sin embargo, a su debido tiempo los reinos de este mundo serán entregados a los santos, a los que hayan aprendido la virtud de la humildad (cf.  Dan. 7: 27).  Finalmente, dijo Cristo, los que se humillen, los que aprendan la mansedumbre, serán ensalzados ( Mat. 23: 12).

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia:
porque ellos serán hartos:

Esta figura era especialmente llamativa en un país donde el promedio anual de lluvia no pasa de 65 cm (26 pulgadas)  Lo que ocurre en Palestina suele pasar también en grandes regiones del Cercano Oriente.  Por limitar con extensas zonas desérticas, una buena parte de las tierras habitadas son semiáridas.  Sin duda, muchos de los que escuchaban a Jesús sabían lo que era experimentar sed.  Tal como lo ilustra el caso de Agar y de Ismael, un viajero que se extraviaba o pasaba por alto una de las pocas fuentes que había a la vera de su ruta, fácilmente podía encontrarse en serias dificultades.

Pero aquí Jesús hablaba del hambre y de la sed del alma (Sal. 42: 1-2).  Sólo los que anhelan justicia con la apremiante ansiedad del que se muere por falta de alimento o de agua, la encontrarán.  Ningún recurso terrenal puede satisfacer el hambre y la sed del alma.  No son suficientes ni riquezas materiales, ni profundas filosofías, ni la satisfacción de los apetitos físicos, ni el honor, ni el poder.  Después de probar todas esas cosas, Salomón llegó a la conclusión de que "todo es vanidad" (Ecl. 1: 2, 14; 3: 19; 11: 8; 12: 8; cf. 2: 1, 15, 19; etc.).

Nada produce la satisfacción y la felicidad que el corazón humano anhela.  La conclusión del sabio fue que reconocer al Creador y cooperar con él proporcionan la única satisfacción duradera (Ecl. 12: 1, 13). Unos seis u ocho meses después del Sermón del Monte, Jesús pronunció otro gran discurso, esta vez acerca del Pan de Vida (Juan 6: 26-59), en el cual presentó más plenamente el principio que aquí se expone en forma sucinta. Jesús mismo es el "pan" del cual los hombres deben tener hambre, y participando de ese "pan" pueden mantener la vida espiritual y satisfacer el hambre de su alma (Juan 6: 35, 48, 58).  Se invita bondadosamente a los que tienen hambre y sed que vayan al Proveedor celestial y reciban alimento y bebida "sin dinero y sin precio" (Isa. 55: 1-2).  El hecho de que el corazón anhele justicia demuestra que Cristo ya ha comenzado allí su obra.

Justicia.

Gr. dikaiosún', de la raíz dík', "costumbre", "uso", y por lo tanto, lo "correcto" según la costumbre.  En el NT se emplea la palabra con el sentido de lo "correcto" según lo determinan los principios del reino del cielo. El vocablo dikaiosún' aparece en 87 versículos en el NT, y en la RVR se traduce todas las veces como "justicia" salvo en dos casos (1 Cor. 1: 30; 2 Cor. 3: 9).  Entre los griegos, la "justicia" consistía en la conformidad con las costumbres aceptadas.  Para los judíos en esencia era conformarse con los requerimientos de la ley tal como la interpretaba la tradición judía (Gál. 2: 16-21).  Pero para los seguidores de Cristo, la "justicia" tenía un sentido más amplio.  En vez de establecer su propia justicia, los cristianos debían someterse a "la justicia de Dios" (Rom. 10: 3).  Buscaban la justicia "que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe" (Fil. 3: 9).

La justicia de Cristo es tanto imputada como impartida. La justicia imputada produce justificación; pero el alma justificada crece en la gracia.  Por medio del poder de Cristo que vive en el alma, el cristiano conforma su vida con los requisitos de la ley moral tal como fue expuesta por precepto y ejemplo por Jesús.  Esta es la justicia impartida.  Esto es lo que Cristo quería decir cuando animó a sus oyentes a que pensaran en ser "perfectos" así como su Padre celestial es perfecto.  Pablo dice que la vida perfecta de Jesús ha hecho que sea posible que "La justicia de la ley se cumpliese en nosotros, 318 que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8: 4).

Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia:

En Heb. 2:17 se dice que Cristo es "misericordioso y fiel sumo sacerdote".  La misericordia de la cual habla Cristo aquí es una virtud activa que se proyecta hacia los seres humanos.  Tiene poco valor mientras no se convierta en obras de misericordia.  En Mat. 25: 31-46 se presentan las obras de misericordia como el elemento decisivo para la admisión en el reino de la gloria.  Santiago incluye los actos de misericordia en su definición de la "religión pura" (Sant. 1: 27).  Miqueas (cap. 6: 8) resume la obligación del hombre para con Dios y sus prójimos: "hacer, justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios".  Notar que Miqueas, al igual que Cristo, menciona tanto la humildad ante Dios como la misericordia para con los hombres.  Estos dos procederes pueden compararse con los dos mandamientos, de los cuales "depende toda la ley y los profetas" (Mat. 22: 40).

Los misericordiosos alcanzaran misericordia. Esto ocurrirá tanto ahora como en el día del juicio, tanto de parte de los hombres como de Dios.  El principio de la regla de oro (cap. 7: 12) se aplica tanto a nuestro trato con otros como al trato que los demás nos brindan en respuesta. La persona cruel, de corazón duro y espíritu desconsiderado, rara vez recibe un trato bondadoso y misericordioso de parte de su prójimo.  Pero muchas veces los que son bondadosos y considerados con las necesidades y los sentimientos ajenos, encuentran que el mundo les paga con la misma moneda.

Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán á Dios:

La palabra que aquí se traduce como "corazón" se refiere al intelecto (cap. 13: 15), la conciencia (1 Juan 3: 20), el hombre interior (1 Ped. 3: 4).  La pureza de corazón, en el sentido que le dio Cristo, comprende mucho más que la pureza sexual; incluye todos los rasgos de carácter deseables y excluye todos los indeseables.  El ser de "limpio corazón" equivale a estar revestido con el manto de justicia de Cristo (ver com.  Mat. 22: 11-12), el "lino fino" del cual están ataviados los santos (Apoc. 19: 8; cf. cap. 3: 18-19), es decir, la perfección del carácter.

Jesús no estaba hablando de la limpieza ceremonial (Mat. 15: 18-20; 23: 25), sino de la limpieza interior del corazón.  Si los motivos son puros, la vida también lo será.

Los de corazón limpio han abandonado el pecado como principio gobernante de la vida, y su existencia está enteramente consagrada a Dios (Rom. 6: 14-16; 8: 14-17).  El tener "limpio corazón" no significa que la persona no tenga ningún pecado, pero sí significa que sus motivos son correctos, que por la gracia de Cristo se ha apartado de sus errores pasados y que prosigue hacia la meta de perfección en Cristo Jesús (Fil. 3: 13-15).

Cristo pone énfasis en el reino de la gracia divina en los corazones humanos en esta era presente, pero sin olvidar el reino eterno de gloria en el mundo futuro.  Por lo tanto, es claro que las palabras "verán a Dios" se refieren tanto a la visión espiritual como a la física.  Quienes sienten su necesidad espiritual, entran en el "reino de los cielos" (vers. 3) ahora; los que lloran por el pecado (vers. 4) son consolados ahora; quienes son mansos de corazón (vers. 5) reciben su derecho de poseer la tierra nueva ahora; los que tienen hambre y sed de la justicia de Jesucristo (vers. 6) son saciados ahora; los misericordiosos (vers. 7) logran misericordia ahora.  Del mismo modo, los de limpio corazón tienen el privilegio de ver a Dios ahora, con los ojos de la fe; y finalmente, en el glorioso reino, tendrán el privilegio de verlo cara a cara (1 Juan 3: 2; Apoc. 22: 4).  Además, sólo los que logren desarrollar la visión celestial en este mundo presente, tendrán el privilegio de ver a Dios en el mundo venidero.

Así como ocurre con los narcóticos y las bebidas embriagantes, el primer efecto del pecado es nublar las facultades superiores de la mente y del alma.  Sólo después que la serpiente hubo seducido a Eva haciendo que viera con los ojos del alma que "el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría", fue cuando ella "tomó de su fruto, y comió" (Gén. 3: 6).  Cuando la serpiente dijo "serán abiertos vuestros ojos", se refería a una visión simbólica, porque como resultado de que sus "ojos" fueron "abiertos", conocieron el bien y el mal (Gén. 3: 5).  El diablo ciega en primer lugar a los hombres persuadiéndolos a que crean que la experiencia con el pecado les dará una visión más clara.  Sin embargo, el pecado lleva a una ceguera mayor.  El pecador "tiene ojos y no ve" (Jer. 5: 21; cf.  Isa. 6: 10; Eze. 12: 2).

Sólo aquellos cuyo corazón es limpio y sincero "verán a Dios".  Si el "ojo es bueno", toda 319 la vida estará llena de "luz" (Mat. 6: 22-23).  Muchos cristianos sufren de estrabísmo espiritual por intentar tener un ojo fijo en la Canaán celestial y el otro en los "deleites temporales del pecado" (Heb. 11: 25) y las "ollas de carne" de Egipto (Exo. 16: 3).  Nuestra única seguridad está en vivir según los principios y colocar a Dios en primer lugar en nuestra vida.  Quienes hoy vean que las cosas de este mundo son "deseables" y cuya atención está fija en las relucientes baratijas de la tierra que Satanás les muestra, nunca considerarán como de mayor valor el obedecer a Dios.  Si queremos ver a Dios, debemos mantener limpia la ventana del alma.

Bienaventurados los pacificadores:
porque ellos serán llamados hijos de Dios:

Cristo se refiere aquí especialmente a inducir a los hombres a que estén en armonía con Dios (DTG 269-271; DMJ 27).  "La mente carnal es enemistad contra Dios" (Rom. 8: 7).  Pero Cristo, el mayor de los pacificadores, vino para mostrar a los hombres que Dios no es su enemigo.  Cristo es el "Príncipe de paz" (Isa. 9: 6-7; cf.  Miq. 5: 5).  Fue el mensajero de paz de Dios ante el hombre,"justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios" por medio de Jesús (Rom. 5: 1).  Cuando Jesús hubo cumplido con la tarea que le fue asignada y volvió al Padre, pudo decir: "La paz os dejo, mi paz os doy" (Juan 14: 27; cf. 2 Tes. 3: 16).

A fin de apreciar lo que Cristo quería decir al hablar de "pacificadores", es útil considerar el sentido de la palabra "paz" en el pensamiento semítico y en su forma de hablar.  El equivalente hebreo de la palabra griega eir'n' es shalom, que significa "salud", "bienestar", "entereza", "prosperidad", "paz".  En vista de que Cristo y la gente común empleaban el arameo, idioma muy parecido al hebreo, es muy posible que Cristo empleó esta palabra con sus acepciones semíticas.  Los cristianos han de estar en paz los unos con los otros (1 Tes. 5: 13) y deben seguir "la paz con todos" (Heb. 12: 14).  Han de orar por la paz, trabajar por la paz e interesarse en forma constructiva en las actividades que contribuyan a la paz de la sociedad.

Hijos de Dios.
Los judíos se consideraban "hijos de Dios" (Deut. 14: 1; Ose. 1: 10; etc.), concepto que también comparten los cristianos (1 Juan 3: 1).  El ser hijo de Dios significa parecerse a él en carácter  (1 Juan 3: 2; cf Juan 8: 44).  Los "pacificadores" son "hijos de Dios" porque ellos mismos están en paz con Dios, y están dedicados a la tarea de inducir a sus prójimos a que estén en paz con él.

Padecen persecución.
Aquí Cristo se refiere en primer lugar a la persecución sufrida en el proceso de abandonar el mundo y volverse a Dios.  Desde la entrada del pecado, ha existido "enemistad" entre Cristo y Satanás, entre el reino de los cielos y el reino de este mundo, y entre los que sirven a Dios y los que sirven a Satanás (Gén. 3: 15; Apoc. 12: 7-17).  Este conflicto ha de continuar hasta que "los reinos del mundo" vengan "a ser de nuestro Señor y de su Cristo" (Apoc. 11: 15; cf. Dan. 2: 44; 7: 27).  Pablo advirtió a los creyentes que "a través de muchas tribulaciones" habrían de entrar "en el reino de Dios" (Hech. 14: 22).  Los ciudadanos del reino celestial pueden esperar tribulaciones en este mundo (Juan 16: 33), porque su carácter, sus ideales, sus aspiraciones y su conducta dan un testimonio unánime y silencioso contra la impiedad de este mundo (cf. 1 Juan 3: 12).  Los enemigos del reino celestial persiguieron a Cristo, el Rey, y se ha de esperar que persigan a sus súbditos leales (Juan 15: 20).  "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución" (2 Tim. 3: 12).

De ellos es el reino de los cielos.
En el vers. 3 se hace la misma promesa a quienes sienten su necesidad espiritual.  "Si sufrimos, también reinaremos con él" (2 Tim. 2: 12; cf.  Dan. 7: 18, 27).  Quienes más sufren por Cristo son los que mejor pueden apreciar cuánto sufrió él por ellos.  Es apropiado que en la primera bienaventuranza y en la última esté la seguridad de que esas personas serán súbditos del reino.  Los que cumplan con las ocho condiciones aquí enumeradas para ser ciudadanos, son dignos de un lugar en el reino.

Os vituperen por mi causa.
Los cristianos sufren por el nombre que llevan, el de Cristo.  En todas las épocas, al igual que en tiempos de la iglesia primitiva, los que verdaderamente aman a su Señor se han regocijado por haber sido considerados "dignos de padecer afrenta por causa del Nombre" (Hech. 5: 41; cf. 1 Ped. 2:19-23; 3: 14; 4: 14). 320  Cristo advirtió que los que quisieran ser sus discípulos serían "aborrecidos de todos por causa de" su "nombre" (Mat. 10: 22); pero añadió en seguida que cualquiera que perdiere "su vida" por causa de él, la hallaría (cap. 10: 39).  Los cristianos deben estar listos para padecer por él (Fil. 1: 29).

Gozaos.
El cristiano debe gozarse, sin importarle lo que la vida le ofrezca (Fil. 4: 4), pues sabe que Dios hace que todas las cosas le ayuden a bien (Rom. 8: 28).  Esto es especialmente cierto en relación con la tentación o la prueba (Sant. 1: 2-4), porque el sufrimiento desarrolla la paciencia y otras características imprescindibles para los ciudadanos del reino celestial.

Vuestro galardón es grande.
Para el cristiano maduro, el concepto del galardón no es el más importante de todos.

No obedece las reglas sólo con el propósito de entrar en el cielo.  Obedece porque encuentra que la cooperación con su Creador es la meta suprema y el gozo de su existencia.  El sacrificio puede ser grande, pero la recompensa también es grande.  Cuando el Hijo del hombre venga en gloria "pagará a cada uno conforme a sus obras" (Mat. 16: 27; cf.  Apoc. 22: 12).

Jesus compara la persecución de los cristianos con los profetas.
Se refiere a profetas como Elías, perseguido por Acab y Jezabel (1 Rey 18: 7-10; 19: 2), y Jeremías, perseguido por sus compatriotas (Jer. 15: 20; 17: 18; 18: 18; 20: 2; etc.). La persecución sirve para purificar la vida y eliminar la escoria del carácter (cf. Job 23: 10).


En todo su ministerio, Jesus nunca se desvio de los principios establecidos en el Sermón del monte, por el contrario, los reafirmó.

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