La Biblia nos informa que el Dios Creador se revela también a través de su
Reino y los Principios de éste. Pero, ¿Qué es el Reino de Dios?
Desde
siempre el Gobierno de Dios, las reglas ideológicas que sustenta el Reino de
Dios, no han dejado de observarse en ciertos colectivos humanos. Antes, pero
sobre todo a partir de Cristo, las máximas del Reino de Dios han sido
celosamente guardadas por la descendencia de la mujer de Ap. 12 que
representa al Reino de Dios en la tierra. Esta experiencia, relación y
actividades del llamado pueblo de Dios respecto del Reino de Dios forma
parte de la historia.
El Reino
de Dios.
La
expresión “Reino de Dios” (baileía tou Theou), aparece fundamentalmente en
los evangelios, con la variante de Mateo de “el Reino de los Cielos”
(basileía ton ouranon)
Si bien
ese enunciado es el preferido por Mateo, debemos entenderlo como algo
totalmente idéntico a la otra mención “Reino de Dios” usada por Marcos y
Lucas.
Ya que
esta declaración considerada “Reino de Dios”, juzgada como la más antigua es
intercambiable en ciertos pasajes paralelos (Mr. 1:15; Mt. 4:17; 5:3; Lc.
6:20).
Con
relación a Jesucristo vemos que el Nuevo Testamento lo considera como el
Mesías Rey (basileú), al ser descendiente por vía humana de David, y cumplir
las expectativas que del Mesías se habían anunciado. En privado, Jesucristo
se ha manifestado como el Mesías, y por lo tanto como Rey (Mr. 8: 29, 30) “Entonces
él les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y respondiendo Pedro, le
dice: Tú eres el Cristo. Y les apercibió que no hablasen de él á
ninguno.”
Los
pasajes de los evangelios han preferido que el testimonio de que Jesucristo
es Rey y Mesías lo ofrezcan, precisamente aquellos que actúan de modo
indigno o indiferente con Jesús rechazándolo (Mr. 15: Mt. 27; Lc. 23; Jn.
18), como una evidencia de que su ministerio ha sido conocido, por sus
enemigos, en algo tan fundamental como en la identificación del Mesías.
De
cualquier forma Jesucristo ha dejado claro ante Pilatos que posee un Reino
que no es de este mundo (Jn. 18:36): “Respondió Jesús: Mi reino no es de
este mundo: si de este mundo fuera mi reino, mis servidores pelearían para
que yo no fuera entregado á los Judíos: ahora, pues, mi reino no es de
aquí”. Y al Sanedrín le responde enfáticamente que él es el “Cristo”
(Mr. 14:
53-62): “Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió á
preguntar, y le dice: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le
dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del hombre sentado á la diestra de la
potencia de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.”
A las
multitudes que le vitoreaban identificándole con el Mesías Rey (Lc. 19: 38;
Mr. 11:1-10), no solo no lo impide sino que se ratifica de modo radical ante
la pretensión de alguien en hacerles callar. La expulsión del Templo de los
mercaderes (Mr. 11:15-19) reafirma su mesianismo.
La
inscripción en la cruz (Mr. 15:26) ha sido motivada por la conducta de Jesús
de manifestarse como el Mesías-Rey. Es evidente para Jesucristo, con sus
curaciones y milagros y el anuncio del evangelio del Reino, el estar
cumpliendo las profecías de Isaías comprendidas como acontecimientos
mesiánicos (Is. 28:18; 36:6; 61:1; cf. Mt. 1:2; Lc. 4:16-26).
El
significado del Reino y el sentido del Reino de Dios anterior al Nuevo
Testamento
En el
griego clásico dos ideas llegan a confluir en el sustantivo “basileú”: el
ser soberano y rey: “el que manda” y “el que reina”.
“Basileía” recoge el sentido de la “soberanía real” teniendo en cuenta que
ésta solo es efectiva si se concreta en un mando o gobierno sobre un
territorio determinado.
En el
Hebreo, es interesante notar, para el origen del concepto de la realiza de
Jehová dos tipos de pasajes, entre otros, donde sobresale la idea de
“gobierno” y soberanía (el que manda y gobierna con autoridad porque es
dueño). El pueblo le pide a Jehová un rey para que nos “gobierne”. Jehová se
siente rechazado porque no le quieren como rey (1S. 8: 5-7): “Y
dijéronle: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no van por tus caminos:
por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como todas las gentes.
Y descontentó á Samuel esta palabra que dijeron: Danos rey que nos juzgue. Y
Samuel oró á Jehová. Y dijo Jehová á Samuel: Oye la voz del pueblo en todo
lo que te dijeren: porque no te han desechado á ti, sino á mí me han
desechado, para que no reine sobre ellos.”
Rey y
gobierno soberano se identifican. Jehová al ser el Creador del mundo, funda
en su acción creadora su Gobierno o Soberanía universal. “DE Jehová es la
tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan. (Sal. 24:1).
“Porque Jehová es Dios grande; Y Rey grande sobre todos los dioses.” (Sal.
95:3).
Es muy
importante la idea que se desprende de los pasajes donde se realza la
realeza de Jehová con la mención de su trono, símbolo del rey que
“gobierna”, y del que emanan principios y juicios justos y rectos: “En el
año que murió el rey Usías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y
sublime, y sus faldas henchían el templo.” (Is.6:1).
“JEHOVA
dijo así: El cielo es mi solio, y la tierra estrado de mis pies: ¿dónde está
la casa que me habréis de edificar, y dónde este lugar de mi reposo?”
(Is. 66:1).
“Y
sobre la expansión que había sobre sus cabezas, veíase la figura de un trono
y que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una
semejanza que parecía de hombre sentado sobre él.” (Ez. 1:26).
El Reino
de Dios está estrechamente unido a su realeza y también en paralelo con su
trono:
“Jehová
afirmó en los cielos su trono; Y su reino domina sobre todos.” (Sal.
103:19).
Con su
gloria y su poder, con la adoración, etc.
“La
gloria de tu reino digan, Y hablen de tu fortaleza; Para notificar á los
hijos de los hombre sus valentías, Y la gloria de la magnificencia de su
reino. Tu reino es reino de todos los siglos, Y tu señorío en toda
generación y generación” (Sal. 145:11-13).
El que se
diga que de Jehová es su Reino, estaría vaciado de sentido si por Reino no
se tradujera “su gobierno”. Porque lo importante de un Reino que reina, es
que se proyecten principios de gobierno justos.
La
Teología del Reino de dios en el Antiguo Testamento.
El Dios
del Antiguo Testamento es un Dios comprometido y preocupado. Es un Dios que
viene y que está presente. El comportamiento independiente de las naciones,
y sobre todo la conducta de Israel, han limitado la autoridad Divina y ha
comprometido su soberanía. La esperanza del Antiguo Testamento se va a ver
abocada a demostrar en el futuro la realidad del Reino de Dios, y su
autoridad. En la perspectiva escatológica del Antiguo Testamento se
encuentra ya enraizada la idea de un reino presente y futuro. El Dios que
visita a su Pueblo que está presente es también el Dios que vendrá:
“Alégrense los cielos, y gócese la tierra: “Brame la mar y su plenitud.
Regocíjese el campo, y todo lo que en él está: Entonces todos los árboles
del bosque rebosarán de contento. Delante de Jehová que vino: Porque vino á
juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, Y á los pueblos con su
verdad.” (Sal. 96: 11-13).
“Canta y
alégrate, hija de Sión: porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, ha
dicho Jehová. Y uniránse muchas gentes á Jehová en aquel día, y me serán por
pueblo, y moraré en medio de ti; y entonces conocerás que Jehová de los
ejércitos me ha enviado á ti.”(Zac. 2:10-11).
Las
promesas producen una espera y un futuro. El anuncio de las promesas
muestran a un Dios con su Reino ya ahora presente, el destino a donde
alcanzan esas promesas enseñan a la autoridad de Dios que las hará posible
en el futuro:
“Y
Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su
nombre.”
“Y
todos los que quedaren de las gentes que vinieron contra Jerusalén subirán
de año en año á adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, y á celebrar la
fiesta de las Cabañas.”(Zac. 14:9, 16).
“La
luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando Jehová de los ejércitos
reinare en el monte de Sión, y en Jerusalén, y delante de sus ancianos fuere
glorioso.” (Isa. 24:23).
Esta
teología del Dios que se encuentra presente y que se manifestará en el
futuro, hace sobresalir un proceso histórico, que contiene como
característica la duración.
En la
duración la historia está contenida, y en ella aparece el Reino de Dios que
se establecerá en su totalidad.
El Reino
de Dios es una idea extra temporal, es eterno: “Mas Jehová Dios es la
verdad; él es Dios vivo y Rey eterno: á su ira tiembla la tierra, y las
gentes no pueden sufrir su saña.” (Jer. 10:10); (Dn. 7:27; Sal. 45:6; cf.
2P. 1:11).
Y se
concibe como una línea continua desde la eternidad con una autoridad suprema
que gobierna. El Reino se hace una realidad más palpable en ciertos momentos
especiales que la Palabra de Dios nos marca en relación con la humanidad. El
Reino de Dios se hace presente en la época de la teocracia israelita y
continua en el Reino de Israel (Sof. 3:15; 1S. 8:5-22; Is. 6:5; 32:22;
43:15; Jer. 51:57; Mal. 1:14). El Reino de Dios deja constancia de su
presencia con Israel, pero esa relevancia queda en un segundo término,
cuando ese Reino “presente” señala hacia una realización posterior en la que
lo definitivo será más realidad en el futuro.
Se trata
del anuncio en que ese Reino irrumpirá con fuerza en la historia humana, en
un futuro escatológico (Abd. 21; Dn. 2:44, 45; 7:9-14, 17, 18, 22, 27).
Este
futuro escatológico está formado por una Persona escatológica que de forma
anticipada es anunciada en el transcurso del Reino de Dios en la época del
Antiguo Testamento.
La figura
del Mesías emerge llenando la promesa y la profecía siendo el punto de
referencia de un trayecto escatológico que tiene su inicio en El.
“Por
tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y
parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel.” (Is. 7:14). “Mas tú,
Beth-lehem Ephrata, pequeña para ser en los millares de Judá, de ti me
saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio,
desde los días del siglo. (Miq. 5:2). “Este halló primero á su
hermano Simón, y díjole: Hemos hallado al Mesías (que declarado es, el
Cristo).” (Jn. 1:41).
El último
aspecto de la escatología del A. T. es la obra de restitución y redención
que es preciso llevar a cabo en un mundo, que aunque no es malo en sí mismo,
está lleno de maldición. (Is. 65:17; 35:1, 5, 6; 11:6, 9).
Se
precisa una transformación radical para que el mundo pueda ser la escena de
la realización final del designio de Dios. Esta labor está unida a la
persona escatológica del Mesías.
Cinco
ideas sobresalen en el A. T. respecto al Reino de Dios.
1.
La Soberanía de Dios, su autoridad y Gobierno.
2.
El presente-futuro obligatoriamente como fruto de un Reino eterno, y
una historia temporal que precisa ser visitada y llenada por el Reino de
Dios.
3.
La duración que produce la espera de la esperanza del establecimiento
del reino.
4.
La Persona escatológica del Mesías que debe cumplir la misión de la
redención y restauración de todas las cosas.
5.
La obra de redención y restauración propiamente dicha que tiene un
inicio y que tendrá un fin.
Sentido y
significado del Reino de Dios en el Nuevo Testamento.
El
Antiguo Testamento vive expectante en cuanto a la realización del Reino del
Mesías, y orienta el sentido y significado del Reino que Jesús hace presente
con una proyección definitivamente final. Si bien la expresión “el reino de
los cielos o de Dios” no aparece como tal en el A. T., sus raíces están
sólidamente enraizadas en él. La idea de que “Dios gobierna”, que es “rey”,
es una de las afirmaciones básicas de Israel (Ex. 15:18; Dt. 33:5; Sal.
47:2; 93:1; 96:10; 103:19; 145:13)
Los
evangelios descubren al “dios de este mundo” como el poseedor de un Reino,
el de la tierra
(Mt. 4:8;
12:26: “Y si Satanás echa fuera á Satanás, contra sí mismo está dividido;
¿cómo, pues, permanecerá su reino?”
De ahí
que los reinos de este mundo (Ap.13:1; 11:18, etc.) estén en oposición al de
Dios.
Esta
situación por sí sola supone que el hombre desconoce el Gobierno de Dios, y
se encuentra perdido en el reino del Maligno. Las implicaciones del pecado,
las soteriológicas, y un nuevo ordenamiento moral y espiritual estarán
implícitos en el significado y naturaleza del Reino que Jesucristo trae
consigo. Jesucristo hace posible que le Reino de Dios se note, es decir, el
Gobierno de Dios, los principios que rigen el Gobierno de Dios.
Está
claro que lo que ya el A. T. nos indicaba respecto al Reino de Dios está
implícito en la motivación y destino de la obra de Jesús. Pues en Jesús se
ha cumplido lo que el A. T. refería de la persona del Mesías. Jesús se
encuentra con un mundo que no forma parte del Reino de Dios, y que es
necesario recuperarlo: “Porque el Hijo del hombre ha venido para salvar
lo que se había PERDIDO.”
(Mt. 18:11).
Es
imprescindible mostrar cómo es el Gobierno de Dios. El cómo de los
principios de ese Reino redundarían en bendiciones para la humanidad.
Veamos
cómo los evangelios definen el Reino de Dios.
Cuando la
realidad del Reino se presenta en el evangelio “la tensión del ya pero
todavía no” es una constante. El Reino de Dios ha llegado y la evidencia nos
la ofrece Jesús con las dimensiones tangibles de la proclamación del perdón,
los milagros y las curaciones:
“Y si
por espíritu de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado á
vosotros el Reino de Dios. (Mt. 12:28), sin embargo, la realización
definitiva de la voluntad de Dios en este mundo, y la sumisión de toda
oposición a las exigencias de Dios, no se ha completado todavía, y para ello
su Reino ha de seguir manifestándose y ha de venir con una misión puntual
determinada en el futuro: “Venga tu REINO. Sea hecha tu voluntad, como en
el cielo, así también en la tierra.” (Mt. 6:10).
El Reino
de Dios lo podían recibir en la época de Cristo de una forma total:
El Tesoro
escondido (Mt. 13:44), la Perla preciosa (Mt. 13:45), como también hoy por
nosotros.
Por otra
parte el Reino es como una semilla de mostaza, o como la levadura.
Y eso
tanto en su calidad actualizada para cada presente humano, ya que el Reino
con sus principios puede “crecer” como valor en los seres humanos que lo han
aceptado, como para el futuro histórico, en el que el Reino se extiende
hasta llegar a llenar toda la tierra.
Podemos
vivir el Reino como invitados al banquete de bodas (Mt. 22:1-14) como
realidad presente, tanto en la época de Cristo como en cualquier otra, aun a
pesar de sus connotaciones futuras “ultimas”, ya que una vez que el Reino de
Dios es aceptado por los seres humanos, éstos pueden vivir anticipadamente,
en su presente, el futuro más escatológico.
Marcos
1:15: “Y diciendo: El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca:
arrepentíos, y creed al evangelio”, nos expresa un llamamiento al
arrepentimiento frente a la posibilidad de aceptar el Reino de Dios que
según Jesucristo se ha acercado.
La
seguridad de esto es la respuesta a la pregunta de Juan el Bautista (Mt.
11:3, 5):
“Diciendo:
¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro? Los ciegos ven, y
los cojos andan; los leprosos son limpiados, y los sordos oyen; los muertos
son resucitados, y á los pobres es anunciado el evangelio”. Al
compararlo con Mateo 12:28 y Lucas 11:20, observamos que se identifica la
persona de Jesús y su obra con el Reino de Dios. La autoridad y la obra
salvadora de Dios son inmediatamente demostradas. Hace llamamiento a los
hombres, predica con autoridad, cura enfermedades, purifica a leprosos,
restaura a los débiles mentales y expulsa demonios. ¿Qué ha llegado?: el
Reino de Dios.
Jesús es
consciente de que está cumpliendo la misión escatológica del Hijo del
Hombre, y del Mesías anunciado por la profecía: “Entonces los ojos de los
ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán” (Is. 35:5).
“El
espíritu del Señor Jehová es sobre mí, porque me ungió Jehová; hame enviado
á predicar buenas nuevas á los abatidos, á vendar á los quebrantados de
corazón, á publicar libertad á los cautivos, y á los presos abertura de la
cárcel”. (Is. 61:1),
además Daniel 7.
La
Escritura establece la venida de Cristo en el contexto del tiempo. Dios ha
hecho irrupción en la historia bajo la forma de su Hijo. Ha invadido el
tiempo presente pero sin abarcarlo completamente. Lo que se ha hecho ya es
la calve del triunfo definitivo.
La
soberanía del Reino de Dios aunque no ha sido plena todavía por cuanto la
levadura y la semilla todavía están creciendo y laudando, el cambio no sólo
es radical sino que está integrado en él como un código detonador que hará
irresistible la futuralidad del Reino de Dios.
En efecto
el Reino de Dios está presente pero no se ha consumado totalmente.
Para
Jesús es real el establecimiento del Reino de Dios (Mt. 12:28): “Y si por
espíritu de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado á
vosotros el reino de Dios”, sobreentendiendo la connotación futura aun
cuando se exprese en términos de presente. En el contexto de Mateo 12:27: “Y
si yo por Belcebú echo fuera los demonios, ¿vuestros hijos por quién los
echan? Por tanto, ellos serán vuestros jueces”, y el versículo 28
encontramos las dos ideas yuxtapuestas: el presente y futuro de un mismo
reino. El Reino de Dios ha llegado por cuanto se manifiesta el poder de
expulsar demonios. Pero la expulsión de los demonios no significa haberlos
destruido definitivamente, que ya no tengan actividad histórica; puesto que
el demonio una vez expulsado, puede volver a anidar de nuevo en la misma
persona de la que salió (Lc. 11:24-26).
Las
expectativas del A. T. se han cumplido pero de acuerdo a un plan
preestablecido:
Uno, la
autoridad escatológica ha llegado en la persona de Jesús, no solo porque se
considera ese Hijo del Hombre de Daniel, sino que la demuestra con su misión
realizada. Dos, la perspectiva escatológica con el establecimiento del
Reino, se manifiesta conforme a las exigencias de las profecías mesiánicas.
Una nueva dimensión histórica se ha iniciado desde que Jesús hace su
aparición. Esto es lo que está contemplado como prueba para que se pueda
producir el “final”.
El inicio
es la garantía en un proceso histórico que alcanzara su objetivo
escatológico pleno.
La
evidencia de esto se basa en que la esperanza mesiánica se cumple en Jesús
de acuerdo a una existencia histórica que no se cortaba en su época.
Cristo ha
cumplido, según él, Isaías 61 (cf. Lc. 4:21). La escritura da testimonio de
que él es Mesías (Lc. 24:27, 44), y esto después de haberse verificado toda
una serie de elementos proféticos que van desde su origen, nacimiento,
comportamiento, misión y muerte sacrifical (Is. 52; cf. Daniel 9). El ha
publicado el año de gracia para los humildes pero falta consumarse el día de
la vergüenza de nuestro Dios (Is. 61:2). La dominación ha sido colocada bajo
sus espaldas, pero la renovación de su paz no es todavía ilimitada (Is.
9:5-6). El Mesías ha llegado, pero todavía faltan por cumplirse otros
aspectos de lo que se anuncia del Mesías. Existe una tensión entre el
presente y el futuro en la perspectiva de la esperanza del A. T.
concerniente a la redención y restitución. Es este cumplimiento sin
consumación, motivado por el Plan de Dios en la historia, que ha sido
descrito como el misterio del Reino de que habla Jesús a sus discípulos:
“Y les
dijo: A vosotros es dado saber el misterio del reino de Dios; mas á los que
están fuera, por parábolas todas las cosas” (Mr. 4:11). El misterio del
Reino es visto como la venida del Reino en la historia, como un avance a su
llegada permanente y final.
Las
parábolas explican el misterio del Reino. En el capítulo 4 de Marcos y en el
13 de Mateo hay un grupo de parábolas que explican el “misterio del Reino de
Dios”. ¿En qué consiste ese misterio?: “La verdad que ahora Dios revela por
primera vez en su relato redentor”. En efecto, el Reino esta ya aquí, pero
en lugar de destruir la soberanía humana, ha atacado la soberanía de
Satanás. Se trata de hacer cambios radicales, no en el orden político, sino
en el orden espiritual.
La
soberanía de Satanás se manifiesta primordialmente en el poder del pecado.
El
“misterio” del Reino de Dios se revela con una obra inesperada mediante la
supresión del pecado de la tierra.
Después
de cerca de 2000 años de historia, ésta junto a la existencia del un Dios
misericordioso y justo, son los auténticos testigos de que los hechos
implicados en la actuación del Reino de Dios no podían suceder de otra
manera que la que nos presenta el texto bíblico.
La mayor
garantía histórica que se puede ofrecer de que Jesús es el Mesías prometido,
no es simplemente su cumplimiento de las profecías y misión, sino el
silencio elocuente del Dios de la historia durante 2000 años en contra de
aquellos, que con indiferencia o basados en elucubraciones hermenéuticas
pretenden negar la identidad de Jesús como Mesías. El veredicto de ese
silencio es que no hay otra forma de interpretar la figura del Jesús
histórico, ya que ha habido bastante tiempo como para que ese Dios
destapara, de ser falso lo que el evangelio testimonia, haciendo llegar el
hipotético “verdadero” Mesías. Mantener a la humanidad en un silencio de
complicidad con el error no es propio del Dios de Abraham, de Moisés o de
Jesús.
En el
pasado se levantaron falsos Cristos y profetas, y en el futuro los habrá
también; pero no se ha levantado otro como el Carpintero judío, como Jesús
de Nazaret, que cumpla con todas las profecías bíblicas y escatológica del
Mesías-Rey.
¡Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de Dios se ha acercado! |